miércoles, 19 de noviembre de 2014
Quemando lectura.
Me quedé varada en la introducción de aquél librito que,a juzgar por su tapa, prometía ser interesante. Lo abrí pretendiendo que la lectura me separase de los gritos matutinos que rebotaban por las paredes de mi casa.
Su letra era tan pequeña que tenía que entrecerrar los ojos para deducirla.
Eso ya no me gustaba.
Habían pasado seis minutos y mi vista releía el mismo párrafo una y otra vez mezclando palabras que no existían con frases que sí.
Mientras fingía seguir con la lectura, me imaginaba rociando sus páginas con alcohol para luego verlo arder ante mi mal humor por no lograr llamar mi atención al abrirlo.
lunes, 6 de octubre de 2014
Extrañar(te).
La gente me dice
que te miro con amor.
Mi abuela se da cuenta de cómo escucho detenidamente cada
oración que sale de tu boca.
De la admiración que te tengo al observarte hacer las
cosas con dedicación.
De esas ganas de verte que se manifiestan en mis pasos al bajar las escaleras para abrirte
la puerta.
Si las paredes hablaran, y caminaran también, correrían a
tu casa para contarte que te quiero en voz alta, en voz baja, cantando,
susurrando, gritando, riendo o llorando.
Los chocolates cuentan rápido sus anécdotas, antes de ser
desenvueltos y devorados por un “te extraño” que ruge desde mi estómago.
Aunque mi mamá dice que cuando no estás, mis platos de
comida quedan por la mitad.
Que por las noches puede escuchar mis pesadillas
golpeando las ventanas de mi cuarto.
Que a las paredes se les cae la pintura por no
escucharme hablar.
Y que las escaleras se agrietan de esperarme a que baje a
abrirte.
Yo siento que lo único que no se desmorona son mis ganas
de verte y esperarte porque por algo me gusta extrañarte.viernes, 3 de octubre de 2014
Máquina.
Noches incompletas. Dientes que rechinan. Sueños que
inquietan. Odio en las piernas, en los brazos, en las manos, en la cabeza.
Dedos temblorosos, la voz frágil, dudosa, quebradiza.
El miedo invade, se apodera de la mente. Saca conclusiones.
Suicidio que sube desde el vientre.
Gritar, morir, matar, llorar, hasta que el cuerpo quede
inútil como una mosca sin alas para volar. Hasta que quede descansando sobre el asfalto, a
metros del balcón. O pudriéndose en un sillón.
Hasta que la mente se calle de una vez. Solo porque ya
murió.
martes, 2 de septiembre de 2014
Toc toc, perdón.
Solo escribo esto para
descargarme. Para pedirte perdón por las veces que te molesté con mis
problemas. Es que no sabes lo difícil que se me hace vivirlo todos los días.
Cada vez que pasa, puedo sentir cómo un barrote nuevo me encierra en una jaula
creada nada más y nada menos que por mi cabeza.
Perdón por hacerte caminar
del lado izquierdo, aún en los días de
lluvia.
Perdón por todo ese cuidado que sabes que debes tener
porque odio que la milanesa toque la ensalada. Juro que si esto no pasara, me
comería todos los platos con comida que tuviste que tirar por mi culpa.
Perdón por no poder
conformarme con hacer las cosas solo una vez.
No quiero despertarte más
por las noches, cuando llego a casa y te veo durmiendo profundamente. Pero es que
el interruptor de la luz me lo pide a gritos.
Enciendo y apago. Enciendo
y apago. Enciendo y apago. Y tu sueño es tan liviano. O será que ya estas
acostumbrada y ambos sabemos que eso no debería suceder. Pero te despertas, me
miras y puedo ver esa angustia e impotencia por no poder ayudarme.
Quisiera anular cada grito
que te pegué por olvidarte de cerrar los placares, el microondas, o algún
cajón. Pero esa abertura me roba segundos de vida, y siento que todo se
desmorona a mi alrededor, que no puedo sostener la cordura, y necesito poner un
orden.
Perdón por tener que tocar
cada tacho de basura con el que me cruzo. No sientas celos de ellos. Creerías que te tomo el pelo,
pero amo cada paseo con vos, amo que comprendas esa desviación necesaria para
llegar al poste donde éste se encuentra y que observes cómo extiendo mi brazo
para tocarlo, aunque sea con la punta del dedo.
Todos estos problemas me
hacen amarte cada vez más fuerte. Amarte tres veces a falta de una. Amarte por
comprenderlos. Amarte por ser mi cómplice.
lunes, 28 de julio de 2014
De todos los colores.
Los dos dedos que llevas a tus oídos en el momento previo a la explosión de la piñata.
Las manías que no te dejan dormir en paz.
La satisfacción de dar vuelta la almohada en un día de verano.
El inquietante silencio dentro de un ascensor con personas a bordo.
Ese consenso obvio por gritar cuando se corta la luz en el aula.
El doloroso tajo al cortarte el dedo con una hoja.
El odio por el invierno.
El odio por el verano.
La aceleracion del paso al caminar por el sector oscuro de tu casa.
La sensación pre y post estornudo. La dolorosa pérdida del mismo.
El placentero momento de besar a quien te gusta.
El crujir de las hojas al pisarlas en otoño.
Las veces que no me escuchaste.
Los olores prohibidos.
La inseguridad que invita a los celos.
Las risas lastimosas.
Esa satisfacción que te llena la panza al recibir un mensaje.
Las endorfinas subiendo por tu cuerpo al disfrutar de un chocolate.
Esa piel de gallina que invade tu espalda tras el recorrido de algún mimito.
Los diez minutos antes de la hora.
La puntada en el pecho.
Las palabras guardadas.
La autodestrucción programada al tipear su nombre.
El mar dulce en tu boca luego de darle un mordisco al algodón de azúcar.
La comprensión de los hechos.
El olor a fósforo.
El descubrimiento de las verdaderas intenciones.
La desesperación.
La fricción de ambos cuerpos.
El ahogo de un llanto.
El comienzo de nada.
Las manías que no te dejan dormir en paz.
La satisfacción de dar vuelta la almohada en un día de verano.
El inquietante silencio dentro de un ascensor con personas a bordo.
Ese consenso obvio por gritar cuando se corta la luz en el aula.
El doloroso tajo al cortarte el dedo con una hoja.
El odio por el invierno.
El odio por el verano.
La aceleracion del paso al caminar por el sector oscuro de tu casa.
La sensación pre y post estornudo. La dolorosa pérdida del mismo.
El placentero momento de besar a quien te gusta.
El crujir de las hojas al pisarlas en otoño.
Las veces que no me escuchaste.
Los olores prohibidos.
La inseguridad que invita a los celos.
Las risas lastimosas.
Esa satisfacción que te llena la panza al recibir un mensaje.
Las endorfinas subiendo por tu cuerpo al disfrutar de un chocolate.
Esa piel de gallina que invade tu espalda tras el recorrido de algún mimito.
Los diez minutos antes de la hora.
La puntada en el pecho.
Las palabras guardadas.
La autodestrucción programada al tipear su nombre.
El mar dulce en tu boca luego de darle un mordisco al algodón de azúcar.
La comprensión de los hechos.
El olor a fósforo.
El descubrimiento de las verdaderas intenciones.
La desesperación.
La fricción de ambos cuerpos.
El ahogo de un llanto.
El comienzo de nada.
Suciedad crónica.
Después de vernos, todo rastro de sentimiento engañoso que creemos experimentar, se diluye en agua y sudor que corre violentamente por la rejilla de la ducha haciéndome creer que no volverá jamás.
Pero al transcurrir la semana me encuentro con todas mis ganas golpeando la puerta de su casa para luego convertir el agua limpia en agua sucia una vez más.
Pero al transcurrir la semana me encuentro con todas mis ganas golpeando la puerta de su casa para luego convertir el agua limpia en agua sucia una vez más.
jueves, 3 de julio de 2014
M de morbo.
Un día me voy a camuflar, y me voy a transformar en un amigo tuyo.
Voy a meterme en el vestuario y mirar tu pene mientras orinas.
Te voy a incitar a hablar de la cantidad de mujeres con las que tuviste sexo.
De quién te gusta.
Quedarme a dormir en tu casa y observar cómo te perdes en los sueños, mientras tu respiración comienza a agitarse.
Verte despertar, con tu pelo enojado y sentir la fragancia del desodorante que aún permanece en tu cuerpo.
Detectar a tu miembro alarmado que se escapa por la costura del bóxer.
Conocer tus enriedos y saber lo que te quiebra. Saber los puntos perfectos para que al tocarte te retuerzas entre las sábanas.
Compartir un par de tragos y experimentarte en un estado alcohólico y sincero.
Sensible. Violento. Gracioso. Molesto.
Ser el compañero con el que descubras, que de vez en cuando necesitas cambiarte de cama, sumergirte entre mis frazadas y abrazarme por la noche, para luego volver a tu lugar cuando los rayos del sol comiencen a delatarnos.
Y así como me transformé, me voy a desarmar entre pensamientos y volveré a ocupar el mismo lugar de antes.
lunes, 30 de junio de 2014
Montaña rusa.
Como una montaña rusa me invitaste a subir.
Mi curiosidad me ganó de antemano y acá estoy, rodeada de mentiras que fingen ser barrotes.
Estoy sentada en un carro que dice ser el único, cuando en realidad tiene unos once más enganchados atrás.
Hay una promesa de diversión dando vueltas por el aire, que me pone una corona sobre la cabeza, intentando mostrar que todo este juego me pertenece solo a mí, pero esta sensación está dividida a lo largo del juego. No existe el protagonismo.
Siento como el viento me acaricia el cuerpo. Si abriera los ojos entendería que son unas cuantas risas que me escupen la cara.
Unas manos atrapan mi panza en el punto máximo de este corto juego. Quiero gritar por los aires todo lo que me haces sentir. Lo hago.
La bajada me hace reaccionar. Te estoy mandando a la mierda a los cuatro vientos.
Se aproxima un espiral de cien vueltas que me obliga a sacudirme.
Una y otra vez.
No sé qué pensar, que sentir, que gritar.
Cierro fuerte mis ojos y te tomo de las manos, que tienen un aspecto frío y oxidado.
Espero que me salves de esta mierda, pero cuando me doy cuenta, esa barrera de seguridad que tenes pintada de rosa, se encuentra desatornillada, a punto de abrirse, a punto de liberarme y dejarme caer de cara al piso.
Entonces espero el impacto.
Mi curiosidad me ganó de antemano y acá estoy, rodeada de mentiras que fingen ser barrotes.
Estoy sentada en un carro que dice ser el único, cuando en realidad tiene unos once más enganchados atrás.
Hay una promesa de diversión dando vueltas por el aire, que me pone una corona sobre la cabeza, intentando mostrar que todo este juego me pertenece solo a mí, pero esta sensación está dividida a lo largo del juego. No existe el protagonismo.
Siento como el viento me acaricia el cuerpo. Si abriera los ojos entendería que son unas cuantas risas que me escupen la cara.
Unas manos atrapan mi panza en el punto máximo de este corto juego. Quiero gritar por los aires todo lo que me haces sentir. Lo hago.
La bajada me hace reaccionar. Te estoy mandando a la mierda a los cuatro vientos.
Se aproxima un espiral de cien vueltas que me obliga a sacudirme.
Una y otra vez.
No sé qué pensar, que sentir, que gritar.
Cierro fuerte mis ojos y te tomo de las manos, que tienen un aspecto frío y oxidado.
Espero que me salves de esta mierda, pero cuando me doy cuenta, esa barrera de seguridad que tenes pintada de rosa, se encuentra desatornillada, a punto de abrirse, a punto de liberarme y dejarme caer de cara al piso.
Entonces espero el impacto.
lunes, 19 de mayo de 2014
Susto.
Entonces qué es lo que estamos esperando? Que nuestros dedos
se acalambren?
Que las teclas pierdan su identidad porque nos quedamos con
la tinta de la letra que las identificaba, impregnada en nuestras huellas
digitales?
Tal vez estamos esperando que los celulares y computadoras
comiencen a sacar chispas por abusar tanto de ellos por las noches.
Vivimos especulando y no nos animamos a otra cosa más porque
sentimos vergüenza. Entonces mejor imaginarlo.
Estaremos esperando que nuestros ojos sangren por estar a través
de una pantalla tanto tiempo?
Los parques y las plazas se reirán de nosotros. Necesitamos
aparecer.
Andate de donde estés y trae tus ganas y curiosidad para
acá.
Yo voy a hacer lo mismo. Cuando me atreva. Cuando lo que me
ponga contenta sea tu roce y no el sonido de mi celular vibrando.
jueves, 8 de mayo de 2014
Últimos avisos.
En estos últimos 30 años estuvo haciendo todo mal. Todo muy mal. Por la noche llegó a su casa y al colgar el saco observó a su gato por primera vez en una semana. Claro, nunca se dio cuenta de que ya no lo saludaba al verlo entrar a la casa. Se sacó el sombrero y lo tiró arriba de su sillón sin dejar de mirar aquel cuerpecito que permanecía inmóvil mientras se acercaba cada vez más. Cuando lo tuvo a metros, preparó las manos para tocarlo y adaptarse a cualquier situación con la que se encontrase. Recorrió su lomo con los dedos, metiéndoselos por entre su melena de pelos. Su palma no se atrevió a tocarlo. Comprobó al fin, que el animal permanecía muerto desde el viernes pasado. Adiós gato número cinco.
Miró a su alrededor y en el medio del silencio detectó un sonido que lo puso nervioso. El teléfono colgaba por el escritorio hasta tocar el piso. El tono de espera sonaba desde hace ya dos días, desde aquel momento en el que se enojó con su psicólogo e intentó resolver por lo fácil: revolear el teléfono. Al estrellarlo contra la pared, rebotó y cayó al vacío. Solo lo sujetaba el cable. Buscó la tijera dentro de un viejo par de zapatos que se encontraban dentro del armario. Cortó lo que tenía que cortar. El sonido del teléfono desapareció.
Las moscas habitaban conformes la cocina dando vueltas alrededor de una pila de platos que rebalsaba por la pileta. La principal atracción para los insectos fue la comida que se encontraba impregnada hacía días.
Tuvo un instante para caer en la cuenta. Un instante en el que tuvo que cargar con todos los problemas que no había visto en 30 años.
Se desplomó en el suelo. Sintió su peor angustia. Se sacó el zapato y lo arrojó hacia la luz para apagarla. Objetivo cumplido. Se tomó la cabeza con las manos y comenzó a llorar. Lloró todo lo que nunca le había salido llorar. Su pecho iba a explotar de infelicidad.
Los minutos pasaron. Sus ojos se fueron cerrando lentamente. Por los orificios de su nariz asomaban mocos líquidos que no se había tomado ni el trabajo de limpiarse. Comenzó a quedarse dormido, con la cabeza apoyada sobre su difunto gato y su cuerpo tenso sobre la alfombra húmeda por el café derramado de aquella mañana.
Aquella noche fue la última.
Miró a su alrededor y en el medio del silencio detectó un sonido que lo puso nervioso. El teléfono colgaba por el escritorio hasta tocar el piso. El tono de espera sonaba desde hace ya dos días, desde aquel momento en el que se enojó con su psicólogo e intentó resolver por lo fácil: revolear el teléfono. Al estrellarlo contra la pared, rebotó y cayó al vacío. Solo lo sujetaba el cable. Buscó la tijera dentro de un viejo par de zapatos que se encontraban dentro del armario. Cortó lo que tenía que cortar. El sonido del teléfono desapareció.
Las moscas habitaban conformes la cocina dando vueltas alrededor de una pila de platos que rebalsaba por la pileta. La principal atracción para los insectos fue la comida que se encontraba impregnada hacía días.
Tuvo un instante para caer en la cuenta. Un instante en el que tuvo que cargar con todos los problemas que no había visto en 30 años.
Se desplomó en el suelo. Sintió su peor angustia. Se sacó el zapato y lo arrojó hacia la luz para apagarla. Objetivo cumplido. Se tomó la cabeza con las manos y comenzó a llorar. Lloró todo lo que nunca le había salido llorar. Su pecho iba a explotar de infelicidad.
Los minutos pasaron. Sus ojos se fueron cerrando lentamente. Por los orificios de su nariz asomaban mocos líquidos que no se había tomado ni el trabajo de limpiarse. Comenzó a quedarse dormido, con la cabeza apoyada sobre su difunto gato y su cuerpo tenso sobre la alfombra húmeda por el café derramado de aquella mañana.
Aquella noche fue la última.
domingo, 30 de marzo de 2014
Estupidez invisible.
Hipnotizada por su belleza, se paró en la orilla de su cabeza, en busca de algún tesoro, sin ninguna pereza.
Una ola de ignorancia, se asomó sin repugnancia. Apareció por el horizonte y la embistió cual rinoceronte.
Su víctima quedó tirada, con las ideas desordenadas, y cegada por aquella arena que tanto le llamaba.
Entonces, solo sintió, lo que no miró cuando llegó.
Entre toda esa maleza, abundaba la belleza, pero carecía de protagonismo su cabeza.
Ahí fue cuando recordó aquel cartel muy bien decorado, "llamativo, bello y muy bien pintado".
Aquel cartel que a primera vista a todos envolvía en engaños, que sobre su frente decía "vuelvo en cien años".
Una ola de ignorancia, se asomó sin repugnancia. Apareció por el horizonte y la embistió cual rinoceronte.
Su víctima quedó tirada, con las ideas desordenadas, y cegada por aquella arena que tanto le llamaba.
Entonces, solo sintió, lo que no miró cuando llegó.
Entre toda esa maleza, abundaba la belleza, pero carecía de protagonismo su cabeza.
Ahí fue cuando recordó aquel cartel muy bien decorado, "llamativo, bello y muy bien pintado".
Aquel cartel que a primera vista a todos envolvía en engaños, que sobre su frente decía "vuelvo en cien años".
miércoles, 12 de marzo de 2014
Interrupción.
Estoy para despertarme a las 4:55 am. Con la cara desorbitada, con los ruidos de la calle, la vejiga llena, la garganta dolorida, con los sueños cortados, y tengo necesidad de tomar algo. Pero está el miedo de bajar, como siempre.
El se acuesta al lado mio y espera a que me despierte para asustarme. Al rato me quedo en silencio sintiendo el aire que entra por la ventana. Escuchando cada cosa que se filtra a parte de la calle. Empiezo a escuchar ruidos que me asustan. Mi corazón late con cautela y mis pupilas se achican lentamente, a la vez que mis ojos se agrandan hasta quedar como enormes platos de vidrio. Entonces un milésimo ruido me alerta y estos platos se rajan.
Me levanto de la cama y cierro mi habitación con llave.
Después prendo la tele y busco una falsa sensación poniendo los dibujitos y siento que todo va a estar bien. Al rato me vuelvo a dormir. Con todas mis inquietudes cargadas en el cuerpo ahora consciente de cada una.
Y no pienso hacerme cargo de ninguna porque a pesar del sonido y los colores que despide mi televisor, todavía tengo miedo.
El se acuesta al lado mio y espera a que me despierte para asustarme. Al rato me quedo en silencio sintiendo el aire que entra por la ventana. Escuchando cada cosa que se filtra a parte de la calle. Empiezo a escuchar ruidos que me asustan. Mi corazón late con cautela y mis pupilas se achican lentamente, a la vez que mis ojos se agrandan hasta quedar como enormes platos de vidrio. Entonces un milésimo ruido me alerta y estos platos se rajan.
Me levanto de la cama y cierro mi habitación con llave.
Después prendo la tele y busco una falsa sensación poniendo los dibujitos y siento que todo va a estar bien. Al rato me vuelvo a dormir. Con todas mis inquietudes cargadas en el cuerpo ahora consciente de cada una.
Y no pienso hacerme cargo de ninguna porque a pesar del sonido y los colores que despide mi televisor, todavía tengo miedo.
martes, 11 de marzo de 2014
Yo te prefiero fuera de foco, inalcanzable é.
Escucho tu nombre y a las muñecas se le caen los ojos.
Te siento caminar y los estantes traicionan a los libros dejándolos caer al piso.
Me hablas y el baño se innunda, el jabón se deshace y las toallas se mojan.
Te asomas y todas las animaciones se rallan. El monitor se ralla, la tele se ralla, los lentes también.
Nos cruzamos y la cama se deshace. Peor si es mientras duermo.
Las papas no se pelan, la mesa no se pone, la escalera no se barre, si lo decís y no lo haces.
La pizza no se come.
Las películas no se ven.
Los pantalones no se cortan.
Tus calles y las mías no se cruzan (más).
Y en conjunto no se pedalean (más).
Te siento caminar y los estantes traicionan a los libros dejándolos caer al piso.
Me hablas y el baño se innunda, el jabón se deshace y las toallas se mojan.
Te asomas y todas las animaciones se rallan. El monitor se ralla, la tele se ralla, los lentes también.
Nos cruzamos y la cama se deshace. Peor si es mientras duermo.
Las papas no se pelan, la mesa no se pone, la escalera no se barre, si lo decís y no lo haces.
La pizza no se come.
Las películas no se ven.
Los pantalones no se cortan.
Tus calles y las mías no se cruzan (más).
Y en conjunto no se pedalean (más).
jueves, 20 de febrero de 2014
A veces tengo temor. Lo se.
Había muchas cosas de mi vida que aún no comprendía. Que no comprendo, en realidad.
Prosigo a dar un ejemplo, y espero que al reescribirlo y releerlo en mi mente, encuentre alguna distraída respuesta, la cual seguro será pescada porque esta vez, han decidido ponérmela fácil.
En fin. No comprendía el porqué de comer moderadamente a la hora de la cena, y encontrarme horas más tarde, con la cara iluminada por la luz del interior proveniente de mi querida compañera, la heladera, riéndose en mi cara, por mi contradicción en plena madrugada.
Qué se yo para qué dormía la siesta si al caer la media noche ya luchaba contra bostezos que,a medida que aumentaban, comenzaba a sentir los empujones que me llevaban hasta mi almohada.
De qué iba a servir haber pedido un turno con el médico si a la hora de ir, estaría sentado preocupado por la prolijidad de mis tareas a realizar, que al fin y al cabo no me llevaban a nada útil.
Lo último que se me iba a cruzar por la cabeza, era que tenía un compromiso esperándome.
Para ser más preciso, en mi cabeza se reflejaba la imagen un compromiso parado al pie de la puerta de entrada, con los brazos cruzados y mirando repetidas veces su reloj, pretendiendo que al fin me de cuenta de su inquietud y de mi olvido.
Nunca sabía por qué me sentaba a escribir, si todo lo que aparecía escrito, se iba desprendiendo poco a poco de la hoja y volaba hasta el marco de mi ventana. Saltaba y caía estrellado al piso. Y claro, este final se encuentra fuera de este plano. Allá abajo, en la ciudad.
Prosigo a dar un ejemplo, y espero que al reescribirlo y releerlo en mi mente, encuentre alguna distraída respuesta, la cual seguro será pescada porque esta vez, han decidido ponérmela fácil.
En fin. No comprendía el porqué de comer moderadamente a la hora de la cena, y encontrarme horas más tarde, con la cara iluminada por la luz del interior proveniente de mi querida compañera, la heladera, riéndose en mi cara, por mi contradicción en plena madrugada.
Qué se yo para qué dormía la siesta si al caer la media noche ya luchaba contra bostezos que,a medida que aumentaban, comenzaba a sentir los empujones que me llevaban hasta mi almohada.
De qué iba a servir haber pedido un turno con el médico si a la hora de ir, estaría sentado preocupado por la prolijidad de mis tareas a realizar, que al fin y al cabo no me llevaban a nada útil.
Lo último que se me iba a cruzar por la cabeza, era que tenía un compromiso esperándome.
Para ser más preciso, en mi cabeza se reflejaba la imagen un compromiso parado al pie de la puerta de entrada, con los brazos cruzados y mirando repetidas veces su reloj, pretendiendo que al fin me de cuenta de su inquietud y de mi olvido.
Nunca sabía por qué me sentaba a escribir, si todo lo que aparecía escrito, se iba desprendiendo poco a poco de la hoja y volaba hasta el marco de mi ventana. Saltaba y caía estrellado al piso. Y claro, este final se encuentra fuera de este plano. Allá abajo, en la ciudad.
martes, 21 de enero de 2014
8:35 am y tu tormenta en el bocho.
Después de tomar un trago de tu indiferencia siento como todas las palabras que conforman una conversación con vos, quedan suspendidas en el aire, como si se tratara de gotitas de agua en una nube.
Y así el panorama se va nublando cada vez más.
Y vos soplas fuerte hacia mi lado, tirándome todas las nubes negras que amenazan con estallar.
Entonces, al abrir los ojos, una tormenta poco piadosa me pega en la cara.
Las palabras caen ahora en forma de diluvio.
Caen a mis pies. Me mojan las zapatillas, la remera, el pantalón.
Tanta humillación de sorpresa me obliga a dejar de hablarte hasta creer que luego de esa lluvia comienza a salir el sol y de a poco crece la vegetación.
Pero pequeñas señales de este nuevo día me indican que mañana va a volver a llover.
Hoy pienso que abrir mi paraguas y caminar en dirección contraria va a ser lo mejor.
Y así el panorama se va nublando cada vez más.
Y vos soplas fuerte hacia mi lado, tirándome todas las nubes negras que amenazan con estallar.
Entonces, al abrir los ojos, una tormenta poco piadosa me pega en la cara.
Las palabras caen ahora en forma de diluvio.
Caen a mis pies. Me mojan las zapatillas, la remera, el pantalón.
Tanta humillación de sorpresa me obliga a dejar de hablarte hasta creer que luego de esa lluvia comienza a salir el sol y de a poco crece la vegetación.
Pero pequeñas señales de este nuevo día me indican que mañana va a volver a llover.
Hoy pienso que abrir mi paraguas y caminar en dirección contraria va a ser lo mejor.
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