lunes, 6 de octubre de 2014

Extrañar(te).

La gente  me dice que te miro con amor.
Mi abuela se da cuenta de cómo escucho detenidamente cada oración que sale de tu boca.
De la admiración que te tengo al observarte hacer las cosas con dedicación.
De esas ganas de verte que  se manifiestan en  mis pasos al bajar las escaleras para abrirte la puerta.
Si las paredes hablaran, y caminaran también, correrían a tu casa para contarte que te quiero en voz alta, en voz baja, cantando, susurrando, gritando, riendo o llorando.
Los chocolates cuentan rápido sus anécdotas, antes de ser desenvueltos y devorados por un “te extraño” que ruge desde mi estómago.
Aunque mi mamá dice que cuando no estás, mis platos de comida quedan por la mitad.
Que por las noches puede escuchar mis pesadillas golpeando las ventanas  de mi cuarto.
Que a las paredes se les cae la pintura por no escucharme  hablar.
Y que las escaleras se agrietan de esperarme a que baje a abrirte.
Yo siento que lo único que no se desmorona son mis ganas de verte y esperarte porque por algo me gusta extrañarte.


viernes, 3 de octubre de 2014

Máquina.

Noches incompletas. Dientes que rechinan. Sueños que inquietan. Odio en las piernas, en los brazos, en las manos, en la cabeza.
Dedos temblorosos, la voz frágil, dudosa, quebradiza.
El miedo invade, se apodera de la mente. Saca conclusiones. Suicidio que sube desde el vientre.
Gritar, morir, matar, llorar, hasta que el cuerpo quede inútil como una mosca sin alas para volar. Hasta  que quede descansando sobre el asfalto, a metros del balcón. O pudriéndose en un sillón.

Hasta que la mente se calle de una vez. Solo porque ya murió.