jueves, 20 de febrero de 2014

A veces tengo temor. Lo se.

Había muchas cosas de mi vida que aún no comprendía. Que no comprendo, en realidad.
 Prosigo a dar un ejemplo, y espero que al reescribirlo y releerlo en mi mente, encuentre alguna distraída respuesta, la cual seguro será pescada porque esta vez, han decidido ponérmela fácil.
En fin. No comprendía el porqué de comer moderadamente a la hora de la cena, y encontrarme horas más tarde, con la cara iluminada por la luz del interior proveniente de mi querida compañera, la heladera, riéndose en mi cara, por mi contradicción en plena madrugada.
Qué se yo para qué dormía la siesta si al caer la media noche ya luchaba contra bostezos que,a medida que aumentaban, comenzaba a sentir los empujones que me llevaban hasta mi almohada.
De qué iba a servir haber pedido un turno con el médico si a la hora de ir, estaría sentado preocupado por la prolijidad de mis tareas a realizar, que al fin y al cabo no  me llevaban a nada útil.
Lo último que se me iba a cruzar por la cabeza, era que tenía un compromiso esperándome.
Para ser más preciso, en mi cabeza se reflejaba la imagen un compromiso parado al pie de la puerta de entrada, con los brazos cruzados y mirando repetidas veces su reloj, pretendiendo que al fin me de cuenta de su inquietud y de mi olvido.
Nunca sabía por qué me sentaba a escribir, si todo lo que aparecía escrito, se iba desprendiendo poco a poco de la hoja y volaba hasta el marco de mi ventana. Saltaba y caía estrellado al piso. Y claro, este final se encuentra fuera de este plano. Allá abajo, en la ciudad.