Como una montaña rusa me invitaste a subir.
Mi curiosidad me ganó de antemano y acá estoy, rodeada de mentiras que fingen ser barrotes.
Estoy sentada en un carro que dice ser el único, cuando en realidad tiene unos once más enganchados atrás.
Hay una promesa de diversión dando vueltas por el aire, que me pone una corona sobre la cabeza, intentando mostrar que todo este juego me pertenece solo a mí, pero esta sensación está dividida a lo largo del juego. No existe el protagonismo.
Siento como el viento me acaricia el cuerpo. Si abriera los ojos entendería que son unas cuantas risas que me escupen la cara.
Unas manos atrapan mi panza en el punto máximo de este corto juego. Quiero gritar por los aires todo lo que me haces sentir. Lo hago.
La bajada me hace reaccionar. Te estoy mandando a la mierda a los cuatro vientos.
Se aproxima un espiral de cien vueltas que me obliga a sacudirme.
Una y otra vez.
No sé qué pensar, que sentir, que gritar.
Cierro fuerte mis ojos y te tomo de las manos, que tienen un aspecto frío y oxidado.
Espero que me salves de esta mierda, pero cuando me doy cuenta, esa barrera de seguridad que tenes pintada de rosa, se encuentra desatornillada, a punto de abrirse, a punto de liberarme y dejarme caer de cara al piso.
Entonces espero el impacto.
lunes, 30 de junio de 2014
lunes, 19 de mayo de 2014
Susto.
Entonces qué es lo que estamos esperando? Que nuestros dedos
se acalambren?
Que las teclas pierdan su identidad porque nos quedamos con
la tinta de la letra que las identificaba, impregnada en nuestras huellas
digitales?
Tal vez estamos esperando que los celulares y computadoras
comiencen a sacar chispas por abusar tanto de ellos por las noches.
Vivimos especulando y no nos animamos a otra cosa más porque
sentimos vergüenza. Entonces mejor imaginarlo.
Estaremos esperando que nuestros ojos sangren por estar a través
de una pantalla tanto tiempo?
Los parques y las plazas se reirán de nosotros. Necesitamos
aparecer.
Andate de donde estés y trae tus ganas y curiosidad para
acá.
Yo voy a hacer lo mismo. Cuando me atreva. Cuando lo que me
ponga contenta sea tu roce y no el sonido de mi celular vibrando.
jueves, 8 de mayo de 2014
Últimos avisos.
En estos últimos 30 años estuvo haciendo todo mal. Todo muy mal. Por la noche llegó a su casa y al colgar el saco observó a su gato por primera vez en una semana. Claro, nunca se dio cuenta de que ya no lo saludaba al verlo entrar a la casa. Se sacó el sombrero y lo tiró arriba de su sillón sin dejar de mirar aquel cuerpecito que permanecía inmóvil mientras se acercaba cada vez más. Cuando lo tuvo a metros, preparó las manos para tocarlo y adaptarse a cualquier situación con la que se encontrase. Recorrió su lomo con los dedos, metiéndoselos por entre su melena de pelos. Su palma no se atrevió a tocarlo. Comprobó al fin, que el animal permanecía muerto desde el viernes pasado. Adiós gato número cinco.
Miró a su alrededor y en el medio del silencio detectó un sonido que lo puso nervioso. El teléfono colgaba por el escritorio hasta tocar el piso. El tono de espera sonaba desde hace ya dos días, desde aquel momento en el que se enojó con su psicólogo e intentó resolver por lo fácil: revolear el teléfono. Al estrellarlo contra la pared, rebotó y cayó al vacío. Solo lo sujetaba el cable. Buscó la tijera dentro de un viejo par de zapatos que se encontraban dentro del armario. Cortó lo que tenía que cortar. El sonido del teléfono desapareció.
Las moscas habitaban conformes la cocina dando vueltas alrededor de una pila de platos que rebalsaba por la pileta. La principal atracción para los insectos fue la comida que se encontraba impregnada hacía días.
Tuvo un instante para caer en la cuenta. Un instante en el que tuvo que cargar con todos los problemas que no había visto en 30 años.
Se desplomó en el suelo. Sintió su peor angustia. Se sacó el zapato y lo arrojó hacia la luz para apagarla. Objetivo cumplido. Se tomó la cabeza con las manos y comenzó a llorar. Lloró todo lo que nunca le había salido llorar. Su pecho iba a explotar de infelicidad.
Los minutos pasaron. Sus ojos se fueron cerrando lentamente. Por los orificios de su nariz asomaban mocos líquidos que no se había tomado ni el trabajo de limpiarse. Comenzó a quedarse dormido, con la cabeza apoyada sobre su difunto gato y su cuerpo tenso sobre la alfombra húmeda por el café derramado de aquella mañana.
Aquella noche fue la última.
Miró a su alrededor y en el medio del silencio detectó un sonido que lo puso nervioso. El teléfono colgaba por el escritorio hasta tocar el piso. El tono de espera sonaba desde hace ya dos días, desde aquel momento en el que se enojó con su psicólogo e intentó resolver por lo fácil: revolear el teléfono. Al estrellarlo contra la pared, rebotó y cayó al vacío. Solo lo sujetaba el cable. Buscó la tijera dentro de un viejo par de zapatos que se encontraban dentro del armario. Cortó lo que tenía que cortar. El sonido del teléfono desapareció.
Las moscas habitaban conformes la cocina dando vueltas alrededor de una pila de platos que rebalsaba por la pileta. La principal atracción para los insectos fue la comida que se encontraba impregnada hacía días.
Tuvo un instante para caer en la cuenta. Un instante en el que tuvo que cargar con todos los problemas que no había visto en 30 años.
Se desplomó en el suelo. Sintió su peor angustia. Se sacó el zapato y lo arrojó hacia la luz para apagarla. Objetivo cumplido. Se tomó la cabeza con las manos y comenzó a llorar. Lloró todo lo que nunca le había salido llorar. Su pecho iba a explotar de infelicidad.
Los minutos pasaron. Sus ojos se fueron cerrando lentamente. Por los orificios de su nariz asomaban mocos líquidos que no se había tomado ni el trabajo de limpiarse. Comenzó a quedarse dormido, con la cabeza apoyada sobre su difunto gato y su cuerpo tenso sobre la alfombra húmeda por el café derramado de aquella mañana.
Aquella noche fue la última.
domingo, 30 de marzo de 2014
Estupidez invisible.
Hipnotizada por su belleza, se paró en la orilla de su cabeza, en busca de algún tesoro, sin ninguna pereza.
Una ola de ignorancia, se asomó sin repugnancia. Apareció por el horizonte y la embistió cual rinoceronte.
Su víctima quedó tirada, con las ideas desordenadas, y cegada por aquella arena que tanto le llamaba.
Entonces, solo sintió, lo que no miró cuando llegó.
Entre toda esa maleza, abundaba la belleza, pero carecía de protagonismo su cabeza.
Ahí fue cuando recordó aquel cartel muy bien decorado, "llamativo, bello y muy bien pintado".
Aquel cartel que a primera vista a todos envolvía en engaños, que sobre su frente decía "vuelvo en cien años".
Una ola de ignorancia, se asomó sin repugnancia. Apareció por el horizonte y la embistió cual rinoceronte.
Su víctima quedó tirada, con las ideas desordenadas, y cegada por aquella arena que tanto le llamaba.
Entonces, solo sintió, lo que no miró cuando llegó.
Entre toda esa maleza, abundaba la belleza, pero carecía de protagonismo su cabeza.
Ahí fue cuando recordó aquel cartel muy bien decorado, "llamativo, bello y muy bien pintado".
Aquel cartel que a primera vista a todos envolvía en engaños, que sobre su frente decía "vuelvo en cien años".
miércoles, 12 de marzo de 2014
Interrupción.
Estoy para despertarme a las 4:55 am. Con la cara desorbitada, con los ruidos de la calle, la vejiga llena, la garganta dolorida, con los sueños cortados, y tengo necesidad de tomar algo. Pero está el miedo de bajar, como siempre.
El se acuesta al lado mio y espera a que me despierte para asustarme. Al rato me quedo en silencio sintiendo el aire que entra por la ventana. Escuchando cada cosa que se filtra a parte de la calle. Empiezo a escuchar ruidos que me asustan. Mi corazón late con cautela y mis pupilas se achican lentamente, a la vez que mis ojos se agrandan hasta quedar como enormes platos de vidrio. Entonces un milésimo ruido me alerta y estos platos se rajan.
Me levanto de la cama y cierro mi habitación con llave.
Después prendo la tele y busco una falsa sensación poniendo los dibujitos y siento que todo va a estar bien. Al rato me vuelvo a dormir. Con todas mis inquietudes cargadas en el cuerpo ahora consciente de cada una.
Y no pienso hacerme cargo de ninguna porque a pesar del sonido y los colores que despide mi televisor, todavía tengo miedo.
El se acuesta al lado mio y espera a que me despierte para asustarme. Al rato me quedo en silencio sintiendo el aire que entra por la ventana. Escuchando cada cosa que se filtra a parte de la calle. Empiezo a escuchar ruidos que me asustan. Mi corazón late con cautela y mis pupilas se achican lentamente, a la vez que mis ojos se agrandan hasta quedar como enormes platos de vidrio. Entonces un milésimo ruido me alerta y estos platos se rajan.
Me levanto de la cama y cierro mi habitación con llave.
Después prendo la tele y busco una falsa sensación poniendo los dibujitos y siento que todo va a estar bien. Al rato me vuelvo a dormir. Con todas mis inquietudes cargadas en el cuerpo ahora consciente de cada una.
Y no pienso hacerme cargo de ninguna porque a pesar del sonido y los colores que despide mi televisor, todavía tengo miedo.
martes, 11 de marzo de 2014
Yo te prefiero fuera de foco, inalcanzable é.
Escucho tu nombre y a las muñecas se le caen los ojos.
Te siento caminar y los estantes traicionan a los libros dejándolos caer al piso.
Me hablas y el baño se innunda, el jabón se deshace y las toallas se mojan.
Te asomas y todas las animaciones se rallan. El monitor se ralla, la tele se ralla, los lentes también.
Nos cruzamos y la cama se deshace. Peor si es mientras duermo.
Las papas no se pelan, la mesa no se pone, la escalera no se barre, si lo decís y no lo haces.
La pizza no se come.
Las películas no se ven.
Los pantalones no se cortan.
Tus calles y las mías no se cruzan (más).
Y en conjunto no se pedalean (más).
Te siento caminar y los estantes traicionan a los libros dejándolos caer al piso.
Me hablas y el baño se innunda, el jabón se deshace y las toallas se mojan.
Te asomas y todas las animaciones se rallan. El monitor se ralla, la tele se ralla, los lentes también.
Nos cruzamos y la cama se deshace. Peor si es mientras duermo.
Las papas no se pelan, la mesa no se pone, la escalera no se barre, si lo decís y no lo haces.
La pizza no se come.
Las películas no se ven.
Los pantalones no se cortan.
Tus calles y las mías no se cruzan (más).
Y en conjunto no se pedalean (más).
jueves, 20 de febrero de 2014
A veces tengo temor. Lo se.
Había muchas cosas de mi vida que aún no comprendía. Que no comprendo, en realidad.
Prosigo a dar un ejemplo, y espero que al reescribirlo y releerlo en mi mente, encuentre alguna distraída respuesta, la cual seguro será pescada porque esta vez, han decidido ponérmela fácil.
En fin. No comprendía el porqué de comer moderadamente a la hora de la cena, y encontrarme horas más tarde, con la cara iluminada por la luz del interior proveniente de mi querida compañera, la heladera, riéndose en mi cara, por mi contradicción en plena madrugada.
Qué se yo para qué dormía la siesta si al caer la media noche ya luchaba contra bostezos que,a medida que aumentaban, comenzaba a sentir los empujones que me llevaban hasta mi almohada.
De qué iba a servir haber pedido un turno con el médico si a la hora de ir, estaría sentado preocupado por la prolijidad de mis tareas a realizar, que al fin y al cabo no me llevaban a nada útil.
Lo último que se me iba a cruzar por la cabeza, era que tenía un compromiso esperándome.
Para ser más preciso, en mi cabeza se reflejaba la imagen un compromiso parado al pie de la puerta de entrada, con los brazos cruzados y mirando repetidas veces su reloj, pretendiendo que al fin me de cuenta de su inquietud y de mi olvido.
Nunca sabía por qué me sentaba a escribir, si todo lo que aparecía escrito, se iba desprendiendo poco a poco de la hoja y volaba hasta el marco de mi ventana. Saltaba y caía estrellado al piso. Y claro, este final se encuentra fuera de este plano. Allá abajo, en la ciudad.
Prosigo a dar un ejemplo, y espero que al reescribirlo y releerlo en mi mente, encuentre alguna distraída respuesta, la cual seguro será pescada porque esta vez, han decidido ponérmela fácil.
En fin. No comprendía el porqué de comer moderadamente a la hora de la cena, y encontrarme horas más tarde, con la cara iluminada por la luz del interior proveniente de mi querida compañera, la heladera, riéndose en mi cara, por mi contradicción en plena madrugada.
Qué se yo para qué dormía la siesta si al caer la media noche ya luchaba contra bostezos que,a medida que aumentaban, comenzaba a sentir los empujones que me llevaban hasta mi almohada.
De qué iba a servir haber pedido un turno con el médico si a la hora de ir, estaría sentado preocupado por la prolijidad de mis tareas a realizar, que al fin y al cabo no me llevaban a nada útil.
Lo último que se me iba a cruzar por la cabeza, era que tenía un compromiso esperándome.
Para ser más preciso, en mi cabeza se reflejaba la imagen un compromiso parado al pie de la puerta de entrada, con los brazos cruzados y mirando repetidas veces su reloj, pretendiendo que al fin me de cuenta de su inquietud y de mi olvido.
Nunca sabía por qué me sentaba a escribir, si todo lo que aparecía escrito, se iba desprendiendo poco a poco de la hoja y volaba hasta el marco de mi ventana. Saltaba y caía estrellado al piso. Y claro, este final se encuentra fuera de este plano. Allá abajo, en la ciudad.
martes, 21 de enero de 2014
8:35 am y tu tormenta en el bocho.
Después de tomar un trago de tu indiferencia siento como todas las palabras que conforman una conversación con vos, quedan suspendidas en el aire, como si se tratara de gotitas de agua en una nube.
Y así el panorama se va nublando cada vez más.
Y vos soplas fuerte hacia mi lado, tirándome todas las nubes negras que amenazan con estallar.
Entonces, al abrir los ojos, una tormenta poco piadosa me pega en la cara.
Las palabras caen ahora en forma de diluvio.
Caen a mis pies. Me mojan las zapatillas, la remera, el pantalón.
Tanta humillación de sorpresa me obliga a dejar de hablarte hasta creer que luego de esa lluvia comienza a salir el sol y de a poco crece la vegetación.
Pero pequeñas señales de este nuevo día me indican que mañana va a volver a llover.
Hoy pienso que abrir mi paraguas y caminar en dirección contraria va a ser lo mejor.
Y así el panorama se va nublando cada vez más.
Y vos soplas fuerte hacia mi lado, tirándome todas las nubes negras que amenazan con estallar.
Entonces, al abrir los ojos, una tormenta poco piadosa me pega en la cara.
Las palabras caen ahora en forma de diluvio.
Caen a mis pies. Me mojan las zapatillas, la remera, el pantalón.
Tanta humillación de sorpresa me obliga a dejar de hablarte hasta creer que luego de esa lluvia comienza a salir el sol y de a poco crece la vegetación.
Pero pequeñas señales de este nuevo día me indican que mañana va a volver a llover.
Hoy pienso que abrir mi paraguas y caminar en dirección contraria va a ser lo mejor.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Ser.
Quería ser una flor para que sintiera mi perfume y tuviera ganas de arrancarme y llevarme consigo.
Quería ser su ropa, para abrazar cada parte de su piel.
Quería ser el asfalto, para sentir su andar como masajes en mi cuerpo.
Hasta me conformaba con ser el azúcar para saciar sus preferencias y endulzar sus desayunos.
Usaría cualquier película que fuera de su agrado para disfrazarme con ella y entretener sus tardes de aburrimiento.
Me vi capaz de transformar lo dulce en lo salado, lo frío en lo caliente, acorde a sus antojos.
Soplé tan fuerte como pude para provocar esa brisa que tanto necesitaba al salir a su balcón.
Quería ser la parte que más le gustara de una canción para entrar por sus oídos en forma de melodía y salir por su piel, siendo puro sentir, sensación y reacción.
Quise serlo todo, con tal de no tener que pasar por la terrible tarea de ser su cabeza.
Un arma letal para mis capacidades físicas y mentales.
Quería ser su ropa, para abrazar cada parte de su piel.
Quería ser el asfalto, para sentir su andar como masajes en mi cuerpo.
Hasta me conformaba con ser el azúcar para saciar sus preferencias y endulzar sus desayunos.
Usaría cualquier película que fuera de su agrado para disfrazarme con ella y entretener sus tardes de aburrimiento.
Me vi capaz de transformar lo dulce en lo salado, lo frío en lo caliente, acorde a sus antojos.
Soplé tan fuerte como pude para provocar esa brisa que tanto necesitaba al salir a su balcón.
Quería ser la parte que más le gustara de una canción para entrar por sus oídos en forma de melodía y salir por su piel, siendo puro sentir, sensación y reacción.
Quise serlo todo, con tal de no tener que pasar por la terrible tarea de ser su cabeza.
Un arma letal para mis capacidades físicas y mentales.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Mis iniciales.
No entiendo cual es ese problema que te para.
Venís corriendo y en el momento de cruzarte conmigo, frenas.
Como si algo te dijera que no tenes que acercarte a mi.
Quiero cortar los frenos que te reprimen y que te pases de largo.
Sacarte esa venda de la boca.
Desatar la soga que se enrosca entre tus manos.
Y que tus palabras al fin salgan como cataratas y bañarme con ellas.
Venís corriendo y en el momento de cruzarte conmigo, frenas.
Como si algo te dijera que no tenes que acercarte a mi.
Quiero cortar los frenos que te reprimen y que te pases de largo.
Sacarte esa venda de la boca.
Desatar la soga que se enrosca entre tus manos.
Y que tus palabras al fin salgan como cataratas y bañarme con ellas.
martes, 26 de noviembre de 2013
Amor.
Le gustaba el amor.
Pero de cierta forma.
Le encantaba enamorarse a primera vista. Podría decir que se sentía como cuando uno se enamora.
Enamorado.
En fin, disfrutaba de esos pequeños segundos que le daban un golpe en el cuerpo, llenándole de adrenalina e inquietudes el pecho que a su vez se alojaban dentro de su panza. Esos inolvidables segundos en los que había una conexión visual que intimidaba.
Las miradas se sostenían hasta no poder más y ser como el choque de polos opuestos en un imán.
Como esa fuerza extraña que no te deja volver a juntarlos.
No iban a volver a observarse. La vergüenza se les dibujaba en la cara.
Su consuelo era el piso. Psicólogo de pensamientos sueltos, que aterrizaban en él y lo cargaban de miradas llenas de preguntas.
Llenas de todo.
El amor lo era todo.
Aunque, le repugnaba verlo.
Solo le gustaba sentirlo.
Las parejas eran un asco. Los besos también lo eran.
Los besos con lengua y saliva. Baba.
Pero debía acostumbrarse. Porque pronto conocería a una persona a la que le gustara sentirlo, hacerlo y verlo.
Los demás iban a ser espectadores de semejante espectáculo.
Dos personas dándose amor. En plena calle. Pleno centro. Sobre la vereda.
Sobre el semáforo, sobre la estatua y el obelisco.
Sobre todo.
Porque todo
era el
amor.
Pero de cierta forma.
Le encantaba enamorarse a primera vista. Podría decir que se sentía como cuando uno se enamora.
Enamorado.
En fin, disfrutaba de esos pequeños segundos que le daban un golpe en el cuerpo, llenándole de adrenalina e inquietudes el pecho que a su vez se alojaban dentro de su panza. Esos inolvidables segundos en los que había una conexión visual que intimidaba.
Las miradas se sostenían hasta no poder más y ser como el choque de polos opuestos en un imán.
Como esa fuerza extraña que no te deja volver a juntarlos.
No iban a volver a observarse. La vergüenza se les dibujaba en la cara.
Su consuelo era el piso. Psicólogo de pensamientos sueltos, que aterrizaban en él y lo cargaban de miradas llenas de preguntas.
Llenas de todo.
El amor lo era todo.
Aunque, le repugnaba verlo.
Solo le gustaba sentirlo.
Las parejas eran un asco. Los besos también lo eran.
Los besos con lengua y saliva. Baba.
Pero debía acostumbrarse. Porque pronto conocería a una persona a la que le gustara sentirlo, hacerlo y verlo.
Los demás iban a ser espectadores de semejante espectáculo.
Dos personas dándose amor. En plena calle. Pleno centro. Sobre la vereda.
Sobre el semáforo, sobre la estatua y el obelisco.
Sobre todo.
Porque todo
era el
amor.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Lástima.
Los parques son para nosotros, como los zoológicos para los animales.
Son como un segmento de "naturaleza" insertada en unos buenos kilómetros de cemento a la redonda.
Son una especie de simulacro de lo que sería para nosotros un lugar bonito en el que anhelamos estar. Y todo es "maravilloso". Hasta que te das cuenta de que más allá hay edificios asomándose por entre los árboles, vigiládonos.
Hay casas, cada una con su problema.
Encuentro balcones con gente que sale a dar un respiro, mirando esta mentira desde lejos.
Hay autos, tensión sobre ruedas. Contracturas. Insultos.
Hasta puedo decir que veo al obelisco. Pequeño alfiler en medio de un hormiguero.
Y miro para abajo y el cuadrado mal cortado de pasto donde estoy parada, se distingue de los demás por una línea divisoria que continúa haciendo énfasis en
lo artificial.
Son como un segmento de "naturaleza" insertada en unos buenos kilómetros de cemento a la redonda.
Son una especie de simulacro de lo que sería para nosotros un lugar bonito en el que anhelamos estar. Y todo es "maravilloso". Hasta que te das cuenta de que más allá hay edificios asomándose por entre los árboles, vigiládonos.
Hay casas, cada una con su problema.
Encuentro balcones con gente que sale a dar un respiro, mirando esta mentira desde lejos.
Hay autos, tensión sobre ruedas. Contracturas. Insultos.
Hasta puedo decir que veo al obelisco. Pequeño alfiler en medio de un hormiguero.
Y miro para abajo y el cuadrado mal cortado de pasto donde estoy parada, se distingue de los demás por una línea divisoria que continúa haciendo énfasis en
lo artificial.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Callen a las llaves!
A decir por mi estado de lucidez en aquel momento, hubiese jurado verte haciendo la fila para conseguir las entradas más caras con tal de darte un verdadero festín con el espectáculo.
Situación más ridícula que la mía, en el intento de encontrar la famosa e imaginaria llave que correspondía para cerrar algo tan simbólico, algo tan intenso, tan agotador, como estos últimos años, no se asemejaba.
¿Por qué se me veía tan ridícula, agachada en el piso, tambaleándome sobre mis cuclillas, sacudiendo un manojo con quinientas llaves que se reían de mi?
Tal vez, porque solo yo escuchaba sus risas y solo yo creía que alguna iba a dar un cierre al fin.
Pero no.
Así que me la pasé toda la noche buscando esa puta llave hasta que recobré la poca lucidez que tanto te hacía reír.
A vos y a ese manojo.
Para ese entonces, mi espectáculo había terminado y el sonido ensordecedor de tus aplausos dio fin a la rutina.
Y
a
mi
show.
Situación más ridícula que la mía, en el intento de encontrar la famosa e imaginaria llave que correspondía para cerrar algo tan simbólico, algo tan intenso, tan agotador, como estos últimos años, no se asemejaba.
¿Por qué se me veía tan ridícula, agachada en el piso, tambaleándome sobre mis cuclillas, sacudiendo un manojo con quinientas llaves que se reían de mi?
Tal vez, porque solo yo escuchaba sus risas y solo yo creía que alguna iba a dar un cierre al fin.
Pero no.
Así que me la pasé toda la noche buscando esa puta llave hasta que recobré la poca lucidez que tanto te hacía reír.
A vos y a ese manojo.
Para ese entonces, mi espectáculo había terminado y el sonido ensordecedor de tus aplausos dio fin a la rutina.
Y
a
mi
show.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Una hormiguita.
Y qué me importa si me pisan si total soy una hormiguita.
A quién le interesa mirar más allá de las baldosas en busca de algún objeto "de valor" para decorar así su pelo con él, o mejor, regalárselo a quien use ese tipo de cositas innecesarias.
Fue una pregunta sin respuesta. Porque la respuesta la tengo yo.
Que miro desde abajo tan chiquitita los problemas de los demás.
Esquivo corriendo tan rápido como puedo las grandes pisadas que intentan aplastarme todo el tiempo.
Por eso camino por los bordes, grietas o simplemente contra la pared.
A veces las bicicletas con la ruedas ya desinfladas permiten que estas se amolden a las rayas que hay entre baldosa y baldosa, y, aunque nadie lo piense nos aplastan. Y así morimos.
En otros casos, pude correr y esconderme tras el capricho de un nene que me tomaba por el torso con una pinza y me hacía cosas extrañas con una lupa. Un rayo muy fuerte se reflejó sobre mi cara y la luz era tan intensa que perdí la vista de ambos ojos.
Dos de mis patas traseras las tiene una araña y algunas personas dicen que no tengo corazón. O sea, que las hormigas no tienen corazón. O sea, yo.
Pero acá estoy. Se que esta vez es mi final.Me encuentro escribiendo esto antes de tener otro accidente más. Que en realidad, ya lo tuve. Ingerí veneno para hormigas y solo me queda esperar un rato. O quizá un día. No lo se. Solo me di cuenta.
Y sí, las hormigas también escribimos. O por lo menos yo lo hago.
Solo puedo decir que siempre fui una hormiga, con o sin patas, con o sin vista, aunque siempre con un corazón.
Me puse melancólica.
Me duele la panza.
Creo
que es
el
fin.
A quién le interesa mirar más allá de las baldosas en busca de algún objeto "de valor" para decorar así su pelo con él, o mejor, regalárselo a quien use ese tipo de cositas innecesarias.
Fue una pregunta sin respuesta. Porque la respuesta la tengo yo.
Que miro desde abajo tan chiquitita los problemas de los demás.
Esquivo corriendo tan rápido como puedo las grandes pisadas que intentan aplastarme todo el tiempo.
Por eso camino por los bordes, grietas o simplemente contra la pared.
A veces las bicicletas con la ruedas ya desinfladas permiten que estas se amolden a las rayas que hay entre baldosa y baldosa, y, aunque nadie lo piense nos aplastan. Y así morimos.
En otros casos, pude correr y esconderme tras el capricho de un nene que me tomaba por el torso con una pinza y me hacía cosas extrañas con una lupa. Un rayo muy fuerte se reflejó sobre mi cara y la luz era tan intensa que perdí la vista de ambos ojos.
Dos de mis patas traseras las tiene una araña y algunas personas dicen que no tengo corazón. O sea, que las hormigas no tienen corazón. O sea, yo.
Pero acá estoy. Se que esta vez es mi final.Me encuentro escribiendo esto antes de tener otro accidente más. Que en realidad, ya lo tuve. Ingerí veneno para hormigas y solo me queda esperar un rato. O quizá un día. No lo se. Solo me di cuenta.
Y sí, las hormigas también escribimos. O por lo menos yo lo hago.
Solo puedo decir que siempre fui una hormiga, con o sin patas, con o sin vista, aunque siempre con un corazón.
Me puse melancólica.
Me duele la panza.
Creo
que es
el
fin.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Vomitar mis problemas.
Recuerdo la vez que vomité después de comer unos fideos con salsa.
Comencé por sentir malestar en la panza.
Al ratito fui al baño caminando tranquila, sintiendo como me daba vueltas la cabeza.
Me quedé de rodillas frente al inodoro y el sentido de mi vista y el de mi olfato buscaron el punto más desagradable para poder provocar el asco, y así llamar a vómito.
La conclusión fue que no resultó. Entonces tuve que acudir a mi cepillo de dientes. Era la primera vez que lo intentaba.
Así fue que me encontré de rodillas nuevamente, sujetando a mi víctima e introduciéndola en mi boca, para que luego terminara bañada en un vómito ácido. Lleno de problemas que se marchaban para volver al rato.
Ida y vuelta.
Mal de los males.
Ácido de los ácidos.
Mientras vomitaba, recreaba la situación pero con todas las cosas que me hacen mal.
Pienso que vomitar es algo horrible. No me gusta que mi cuerpo haga convulsiones discretas, y sentir cómo mi estómago se retuerce porque algo malo está pasando dentro suyo. Ni siquiera me gusta vomitar. A nadie le gusta.
Y a nadie le debe gustar estar viajando, con un cartel pegado en la frente que dice "`soy un problema y por eso intentan expulsarme" dentro de la panza de otra persona, acompañada de ácidos y comida escabullida de horas antes. Incluso minutos. Recién masticadas. Con saliva. De otra persona.
Me cansé de vomitar las cosas para volver a comerlas. Mi cuerpo no asimila entre lo que me hace bien y lo que no.
Será que estar arrodillada frente al inodoro me es más cómodo que estar en otra posición?
Comencé por sentir malestar en la panza.
Al ratito fui al baño caminando tranquila, sintiendo como me daba vueltas la cabeza.
Me quedé de rodillas frente al inodoro y el sentido de mi vista y el de mi olfato buscaron el punto más desagradable para poder provocar el asco, y así llamar a vómito.
La conclusión fue que no resultó. Entonces tuve que acudir a mi cepillo de dientes. Era la primera vez que lo intentaba.
Así fue que me encontré de rodillas nuevamente, sujetando a mi víctima e introduciéndola en mi boca, para que luego terminara bañada en un vómito ácido. Lleno de problemas que se marchaban para volver al rato.
Ida y vuelta.
Mal de los males.
Ácido de los ácidos.
Mientras vomitaba, recreaba la situación pero con todas las cosas que me hacen mal.
Pienso que vomitar es algo horrible. No me gusta que mi cuerpo haga convulsiones discretas, y sentir cómo mi estómago se retuerce porque algo malo está pasando dentro suyo. Ni siquiera me gusta vomitar. A nadie le gusta.
Y a nadie le debe gustar estar viajando, con un cartel pegado en la frente que dice "`soy un problema y por eso intentan expulsarme" dentro de la panza de otra persona, acompañada de ácidos y comida escabullida de horas antes. Incluso minutos. Recién masticadas. Con saliva. De otra persona.
Me cansé de vomitar las cosas para volver a comerlas. Mi cuerpo no asimila entre lo que me hace bien y lo que no.
Será que estar arrodillada frente al inodoro me es más cómodo que estar en otra posición?
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