Y aquí estoy.
Me vuelvo a encontrar sentada en la sala. Sobre un viejo sillón color Beige.
Tengo los brazos apoyados a los costados. Con las piernas estiradas.
Es una sensación muy cómoda. Me relajo y echo la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, abriendo mi oído a cualquier mínimo ruido que interrumpa en la sala.
Relajo la boca, le quito tensión a mis manos y a mis brazos.
Me concentro en la respiración. Tomo como guía el ruido que producen mis fosas nasales al inhalar. Retengo el aire. Y suelto.
Pero suelto por la nariz. No me gusta exhalar por la boca. Siento que al hacerlo, pueden salir mil millones de pensamientos que se escapan desde mi cerebro,
y dejarme al descubierto, como si me quitaran una manta de encima, en un intento de relajación frustrada.
Y gracias a ese miedo que me agarra, me pongo a pensar, que tal vez, no sirve que relaje tanto mi cuerpo, si mi mente está confusa y tengo tanto que decir y que ordenar.
Tanto que decir y esconder. Tanto que callar y reflexionar.
Tantas cosas por hacer y arrepentirme al instante porque se tratan de solo impulsos.
Estoy esperando algo. Esta vez, lo se. Esta vez estoy concentrada en no perder la calma.
En hacer el menor ruido posible para que, al hacerse presente, su llegada impacte sobre mí provocándome el placer más grande del día.
Su presencia trae consigo un peso con el que cargo en la espalda y hace que me arquee, produciéndome así una molestia del séptimo infierno.
Un asco.
Pero del placer paso a la intriga y de la intriga a la noticia.
Tanto buena como mala, como siempre, ya no tiene importancia. Me pasé horas pensando en eso y el teléfono nunca sonó.
Quiero recorrerte en ascensor, escuchando la música que más te guste dentro de él.
Quiero mantener la calma después de conocer el 1º piso.
El día en el que entro, mis sentidos se despiertan curiosos, y necesitan conocer para saciar la desesperación.
Pero a la vez tengo miedo y no quiero subir.
Siempre me ganó la curiosidad.
Entonces me meto dentro de la caja de pandora y comienzo a apretar los botones en un orden desesperante e insoportable para mi paciencia.
1º, 2º, 3º. Ya te recorrí.
Y cuando pienso que mi busqueda tuvo fin, me doy cuenta de que me faltó abrir una puerta, que se encuentra ubicada arriba de todo, en la cual nunca reparé.
Y para sufrir más la situación, tengo que trasladarme por las escaleras. Salgo de lo cómodo para entrar a lo incómodo.
Me paro frente a la puerta, observando cada detalle. Giro el picaporte.
Al abrirse, permanezco inmóvil. Me falta el aire. Me duele el pecho. Y rompo a llorar silenciosamente, por un lugar que apenas conozco. Un lugar al que no me dieron permiso para visitar.
Era de esperar.
Los pisos 1º, 2º y 3º eran parte de tu cuerpo.
La puerta sin número era tu cabeza. Y yo no me vi dentro.
Para mi sorpresa fui recibida por alguien que intentaba bajar por el ascensor del que yo venía, para así recorrerte de a poco.
La única diferencia fue que esa persona te estaba explorando porque vos la habías dejado hacerlo.
Y yo no lo sabía.
La habitación queda a oscuras y en silencio.
Nuestros oídos esperan la siguiente canción.
De repente suena.
Y se inunda cada vértice, haciendo vibrar el ambiente con una atmósfera agradable, extraña e imposiblemente familiar.
Cada cuerda tensa que se toca, provoca distintas melodías que como olas rompen sobre nuestros brazos, sobre nuestra cara, mi pecho, el tuyo, ambas espaldas y al salir, filtradas por los capilares,forman esa esperada piel de gallina.
Ahí mi mundo se detiene. Baja de mil a cien. Y te observo. Me adentro en tus pupilas y te entiendo.
Así como vos a mi.
Te acaricio el pelo y te contemplo,mientras intento tranquilizar a todos mis sentires que rebotan dentro mío.
Pero llega esa parte de la canción en la que estallo. Exploto. Reviento.
Y se lo que me pasa cuando te miro.
Y si al despertar, la realidad que ven mis ojos al abrirse es tu imagen pidiéndome entre sollozos que siga en pie, que no me vaya?
Y si nunca despertó de ese coma? Abandonando así a los suyos, dejando apenas una triste y corta vida que tal vez habría podido cambiar si tan solo tomaba conciencia, pese a su edad.
Es necesario que aunque no ponga fichas, el motor de mi cerebro se active a mil y me pase 100 veces la misma película antes de irme a dormir?
Y como hubiera actuado yo? Seguramente me hubiese quedado en mi lugar.
Y lo único que me hubiese echo ruido hubiese sido el latido de mis venas dilatadas y mi cara teñida de un rojo feo causado por la posición en la que quedé.
A veces pienso que realmente viniste conmigo y te pasó algo muy malo como para no contármelo y así vivir como una mentira todos los momentos en los que te haces presente en mi vida.
Hay tantas cosas que quiero saber. Pero es poco lo dispuesta que estoy a observar.
Las imágenes que se forman entre sueños y momentos personales, se estiran y se alargan reproduciéndose en cámara lenta y luego en cámara rápida.
De día y de noche. Yo adelante, yo al costado. Yo viva, yo muerta.
Y finalmente me rindo ante el sueño, y por primera vez en la noche, mis pensamientos se aflojan.
Pero no se en qué realidad me voy a despertar cuando sean las 7:50 am, y el teléfono suene, trayendo con sí, la mala noticia.
Una caminata extensa por un lugar al que nunca me habían llevado.
Largas charlas bajo la sombra de un árbol viejo que se resistía a los rayos del sol.
Dos estómagos llenos. El deleite de sus ojos a los míos.
Su suave tono de voz y su placentera sonrisa que prometía indescriptibles sensaciones futuras.
La puesta del sol y su despedida, acompañada de una brisa que regalaba un clima agradable.
La llegada de una luna comida por ratones que se decidía a quedarse ahí, para bañarnos con su luz tenue.
Le ofrecí mi espacio. Compartimos un viaje, con un silencio que no nos inquietó.
Mi cama fue nuestro último enlace. Dormí rodeada por sus brazos como una enredadera que abraza a un árbol.
Sentí cómo su respiración se metía entre mi pelo y llegaba hasta mi nuca.
Fue la melodía que me hizo dormir profundamente hasta el día siguiente.
Cuando desperté, reparé sobre el espacio brutal que sobraba en la cama. Me dí cuenta de que nada
de lo que había sucedido aquel día había bastado para que no se marchara por la mañana.
Me sienta bien escribir tu nombre.
Subo y bajo corriendo por las rampas empinadas.
Retrocedo al cruzarme con una montaña alta que le da más diversión a mi travesía por recorrer cada letra consiguiente.
Una línea vertical me da pie para tirar una cuerda que me sostenga y deslizarme por un tobogán que desemboca en un delgado palito hasta toparse con una calle sin salida. Lo paso por alto y sigo mi rumbo dando grandes saltos para así esquivar a un ser largo y flaco que me observa desde arriba. Su acento me intimida y hace que quiera pasar a la siguiente letra. Donde termina tu nombre. Y empieza el mío.
Ella parada. El sentado.
Permanecieron inmóviles por un rato.
Mirándose el uno al otro y transmitiendo un pasado cargado en sus ojos.
Ambos tenían qué contar. Pero ese momento no era para hablar.
Era momento de olvido. De fingir. De hacer de cuenta.
Lo demás vendría solo.
Fingirían ser el uno para el otro.
Hasta darse cuenta, algún día, que todo había sido tiempo perdido.
Y no habría historia que seguir con falsedad de por medio.
Te siento como cuerda floja.
No tenes esa tensión que me asegura lo firme.
Miro para abajo y me mareo. Está lleno de piedras
y tu reacción al imaginarte un accidente siendo parte de tal junto con ellas te divierte.
Te dan ganas de soltarte y dejarme caer al vacío.
Y quién me ataja? me atajo yo. Como puedo o como me salga. Con mis manos debajo de mi cuerpo, soportando mi propio peso
y sintiendo la superficie del otro lado.
E impactar.
Impactar junto con otros cuerpos que me esperan.
Impactar deseando caer pegada a un cuadro sin figurita o en su defecto caer justo encima del viejo mazo.
Y agrandar la familia.
Y agrandar tu ego.
Llegó a su casa cansada, agobiada, exhausta de trabajo que rebalsaba por encima de la tapa de su cráneo.
Tras abrir la puerta, observó el desorden familiar que había sobre la mesa.
No quería recordar lo que había pasado ayer sobre ella. No era tan importante, al igual que tantos otros desórdenes en otras partes de su casa.
Todos esos desconciertos la aburrían temporalmente. Todos iguales, unos más enquilombados que otros.
Necesitaba re ordenar su vida de forma desorganizada, como a ella le gustaba.
Consideró la opción de revisar en los bolsillos de su saco, en busca de un nuevo desorden, y confiando en que este iba a ser un remolino de papeles que le darían vuelta la casa, dejando cosas así como el sillón en el baño o el horno en el dormitorio, introdujo la mano en su bolsillo y sacó un nuevo papelito.
Tomó el teléfono y marcó, un nuevo y desconocido número para su agenda mental, normalmente desordenada. Tal como a ella le gustaba.
Hoy me levanté con ganas de hacerte daño.
Como no estas a mi alcance, decido buscarte vía internet.
Me acerco a la computadora y ahí está tu nombre, acompañado de un circulo color verde al costado, que marca tu disponibilidad para cualquier tipo de caprichos que se me ocurran.
Tengo ganas de que tu estómago ingiera cualquier tipo de químico y que te deje del revés.
El solo pensarlo me alborota de forma efusiva.
Comienzo con una charla que tiende a un desastre y de repente, PUM. Aprieto el botón que detona la bomba. "Enter". Y lo envío.
Tu reacción complace a mis caprichos, porque dejaste de responder, el circulo permanece color verde, y ahora estoy a la espera del resultado: Incoherencias que salen de tus manos temblorosas.
Puedo darme cuenta de tu estado de inconsciencia que lucha por seguir la discusión.
Tu vulnerabilidad me hace fuerte y me aprovecho de ella sacando ventaja, triunfante.
Hasta que de repente, el círculo que se encontraba al costado de tu nombre, ya no está.
Me importa poco si te fuiste porque tu cuerpo no aguantaba y se desplomó sobre el teclado, o si te fuiste porque no querías seguir discutiendo.
Pero tu indiferencia me deja del revés.
Me senté cerca suyo. Lo contemplé con la mirada, silenciosamente mientras el tomaba su instrumento preferido.
Apoyé mis manos sobre el regazo de mis piernas.
Me relajé por un momento y dejé que me deleitara con su mejor melodía.
Las notas acariciaban mis oídos mientras esbozaba una leve sonrisa en mi cara.
Dirigí la mirada hacia sus manos para observar cada movimiento que realizaba con sus dedos.
De pronto comenzó a cantar. Los tonos que sus cuerdas vocales alcanzaban me fascinaban.
Me enojé y a la vez me alegré porque no pude encontrarle ningún defecto.
Era normal lo que pretendía?
Hacía tiempo que no tocaban para mí. A decir verdad, dudaba que todo esto llevara mi nombre.
Caminé hasta la parada un tanto inconsciente. Mi colectivo llegó. A penas pude descifrar el número lo paré.
Me subí y busqué el asiento individual más cercano antes de caer al piso.
Sentía como el viento me cacheteaba descaradamente la cara.
Miré por la ventana y te vi pasar en la bicicleta.
La luz de un auto te hizo desaparecer.
Anhelaba con ser dueña de alguna de las casas que desfilaban a lo largo del viaje.
Por un momento, durante quién sabe cuantas paradas percibí tu subida.
Al levantar la vista, confirmé que todavía estaba algo inconsciente.
Perdí la noción de dónde me encontraba, así que me puse a mirar a los autos que pasaban del lado opuesto.
Sentía que un caño me iba a atravesar la cabeza.
El colectivo comenzó a llenarse de gente que iba ocupando de a poco su lugar hasta que un hombre se paró al lado mío y mi cabeza se apagó.
Tuve tres segundos para reaccionar y entender lo que estaba pasando.
Tuve toda una noche para levantarme del sillón e irme a mi casa.
Insistí en quedarme, intentando apagar las situaciones e imágenes que se encendían en mi cabeza.
A tan solo un metro se encontraba una mentira que no iba a soportar. O quizá una verdad demasiado insoportable e inesperada.
Cuanta humillación. La confusión me había ganado y ahora me esperaba en la meta sentada.
Fue todo delante de mi.
Debo admitir que confundí las cosas y te doy algunos créditos.
Puedo describirlo como una situación un tanto extraña, que nunca me había sucedido antes.
Estuvimos sumergidos en la oscuridad de una habitación pequeña durante algunos minutos.
Sin decir palabra alguna. Casi sin respirar. Nuestros cuerpos no emitían ningún sonido.
Detrás de la puerta, corría paralelo un juego de escondidas, que nos incitaba cada vez más a perdernos en nosotros mismos.
Gritos externos que provenían de nuestros compañeros ya encontrados, golpeaban la puerta de la habitación generando cada vez más tensión de la que ya había.
De repente, comencé a sentir su mirada sobre mi rostro, y su respiración sobre la mía.
En cuestión de segundos, todo lo que pasaba a nuestro alrededor se congeló brindándonos el protagonismo.
Nos encontrábamos a centímetros.
Dejamos que los miedos se filtraran de a poco por la cerradura de la puerta, y que arrasaran con los prejuicios que estaban por entrar.
Nos hicimos uno. Nos dejamos llevar. Nos olvidamos de las escondidas. Nos olvidamos de todo.
Qué gracia que me da andar por la misma ruta que transité hace un tiempo, y leer carteles dirigidos a
bicicletas diferentes a la mía.
Qué curiosos que son los caminos de tierra que se trazan cruzando el asfalto de mi ruta. Todos de tierra.
Hasta un simple viento los hace desaparecer. Levanta un polvo molesto que se nos mete en los ojos y ahí es cuando decido
tomar otro camino porque la verdad, es que me cansa.
Que rutina aburrida. Que carteles errados. Señales confusas me alejan cada vez más de mi rumbo.
Tal vez sea mejor. No quiero seguir pedaleando por una ruta que no me corresponde.