Había muchas cosas de mi vida que aún no comprendía. Que no comprendo, en realidad.
Prosigo a dar un ejemplo, y espero que al reescribirlo y releerlo en mi mente, encuentre alguna distraída respuesta, la cual seguro será pescada porque esta vez, han decidido ponérmela fácil.
En fin. No comprendía el porqué de comer moderadamente a la hora de la cena, y encontrarme horas más tarde, con la cara iluminada por la luz del interior proveniente de mi querida compañera, la heladera, riéndose en mi cara, por mi contradicción en plena madrugada.
Qué se yo para qué dormía la siesta si al caer la media noche ya luchaba contra bostezos que,a medida que aumentaban, comenzaba a sentir los empujones que me llevaban hasta mi almohada.
De qué iba a servir haber pedido un turno con el médico si a la hora de ir, estaría sentado preocupado por la prolijidad de mis tareas a realizar, que al fin y al cabo no me llevaban a nada útil.
Lo último que se me iba a cruzar por la cabeza, era que tenía un compromiso esperándome.
Para ser más preciso, en mi cabeza se reflejaba la imagen un compromiso parado al pie de la puerta de entrada, con los brazos cruzados y mirando repetidas veces su reloj, pretendiendo que al fin me de cuenta de su inquietud y de mi olvido.
Nunca sabía por qué me sentaba a escribir, si todo lo que aparecía escrito, se iba desprendiendo poco a poco de la hoja y volaba hasta el marco de mi ventana. Saltaba y caía estrellado al piso. Y claro, este final se encuentra fuera de este plano. Allá abajo, en la ciudad.
jueves, 20 de febrero de 2014
martes, 21 de enero de 2014
8:35 am y tu tormenta en el bocho.
Después de tomar un trago de tu indiferencia siento como todas las palabras que conforman una conversación con vos, quedan suspendidas en el aire, como si se tratara de gotitas de agua en una nube.
Y así el panorama se va nublando cada vez más.
Y vos soplas fuerte hacia mi lado, tirándome todas las nubes negras que amenazan con estallar.
Entonces, al abrir los ojos, una tormenta poco piadosa me pega en la cara.
Las palabras caen ahora en forma de diluvio.
Caen a mis pies. Me mojan las zapatillas, la remera, el pantalón.
Tanta humillación de sorpresa me obliga a dejar de hablarte hasta creer que luego de esa lluvia comienza a salir el sol y de a poco crece la vegetación.
Pero pequeñas señales de este nuevo día me indican que mañana va a volver a llover.
Hoy pienso que abrir mi paraguas y caminar en dirección contraria va a ser lo mejor.
Y así el panorama se va nublando cada vez más.
Y vos soplas fuerte hacia mi lado, tirándome todas las nubes negras que amenazan con estallar.
Entonces, al abrir los ojos, una tormenta poco piadosa me pega en la cara.
Las palabras caen ahora en forma de diluvio.
Caen a mis pies. Me mojan las zapatillas, la remera, el pantalón.
Tanta humillación de sorpresa me obliga a dejar de hablarte hasta creer que luego de esa lluvia comienza a salir el sol y de a poco crece la vegetación.
Pero pequeñas señales de este nuevo día me indican que mañana va a volver a llover.
Hoy pienso que abrir mi paraguas y caminar en dirección contraria va a ser lo mejor.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Ser.
Quería ser una flor para que sintiera mi perfume y tuviera ganas de arrancarme y llevarme consigo.
Quería ser su ropa, para abrazar cada parte de su piel.
Quería ser el asfalto, para sentir su andar como masajes en mi cuerpo.
Hasta me conformaba con ser el azúcar para saciar sus preferencias y endulzar sus desayunos.
Usaría cualquier película que fuera de su agrado para disfrazarme con ella y entretener sus tardes de aburrimiento.
Me vi capaz de transformar lo dulce en lo salado, lo frío en lo caliente, acorde a sus antojos.
Soplé tan fuerte como pude para provocar esa brisa que tanto necesitaba al salir a su balcón.
Quería ser la parte que más le gustara de una canción para entrar por sus oídos en forma de melodía y salir por su piel, siendo puro sentir, sensación y reacción.
Quise serlo todo, con tal de no tener que pasar por la terrible tarea de ser su cabeza.
Un arma letal para mis capacidades físicas y mentales.
Quería ser su ropa, para abrazar cada parte de su piel.
Quería ser el asfalto, para sentir su andar como masajes en mi cuerpo.
Hasta me conformaba con ser el azúcar para saciar sus preferencias y endulzar sus desayunos.
Usaría cualquier película que fuera de su agrado para disfrazarme con ella y entretener sus tardes de aburrimiento.
Me vi capaz de transformar lo dulce en lo salado, lo frío en lo caliente, acorde a sus antojos.
Soplé tan fuerte como pude para provocar esa brisa que tanto necesitaba al salir a su balcón.
Quería ser la parte que más le gustara de una canción para entrar por sus oídos en forma de melodía y salir por su piel, siendo puro sentir, sensación y reacción.
Quise serlo todo, con tal de no tener que pasar por la terrible tarea de ser su cabeza.
Un arma letal para mis capacidades físicas y mentales.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Mis iniciales.
No entiendo cual es ese problema que te para.
Venís corriendo y en el momento de cruzarte conmigo, frenas.
Como si algo te dijera que no tenes que acercarte a mi.
Quiero cortar los frenos que te reprimen y que te pases de largo.
Sacarte esa venda de la boca.
Desatar la soga que se enrosca entre tus manos.
Y que tus palabras al fin salgan como cataratas y bañarme con ellas.
Venís corriendo y en el momento de cruzarte conmigo, frenas.
Como si algo te dijera que no tenes que acercarte a mi.
Quiero cortar los frenos que te reprimen y que te pases de largo.
Sacarte esa venda de la boca.
Desatar la soga que se enrosca entre tus manos.
Y que tus palabras al fin salgan como cataratas y bañarme con ellas.
martes, 26 de noviembre de 2013
Amor.
Le gustaba el amor.
Pero de cierta forma.
Le encantaba enamorarse a primera vista. Podría decir que se sentía como cuando uno se enamora.
Enamorado.
En fin, disfrutaba de esos pequeños segundos que le daban un golpe en el cuerpo, llenándole de adrenalina e inquietudes el pecho que a su vez se alojaban dentro de su panza. Esos inolvidables segundos en los que había una conexión visual que intimidaba.
Las miradas se sostenían hasta no poder más y ser como el choque de polos opuestos en un imán.
Como esa fuerza extraña que no te deja volver a juntarlos.
No iban a volver a observarse. La vergüenza se les dibujaba en la cara.
Su consuelo era el piso. Psicólogo de pensamientos sueltos, que aterrizaban en él y lo cargaban de miradas llenas de preguntas.
Llenas de todo.
El amor lo era todo.
Aunque, le repugnaba verlo.
Solo le gustaba sentirlo.
Las parejas eran un asco. Los besos también lo eran.
Los besos con lengua y saliva. Baba.
Pero debía acostumbrarse. Porque pronto conocería a una persona a la que le gustara sentirlo, hacerlo y verlo.
Los demás iban a ser espectadores de semejante espectáculo.
Dos personas dándose amor. En plena calle. Pleno centro. Sobre la vereda.
Sobre el semáforo, sobre la estatua y el obelisco.
Sobre todo.
Porque todo
era el
amor.
Pero de cierta forma.
Le encantaba enamorarse a primera vista. Podría decir que se sentía como cuando uno se enamora.
Enamorado.
En fin, disfrutaba de esos pequeños segundos que le daban un golpe en el cuerpo, llenándole de adrenalina e inquietudes el pecho que a su vez se alojaban dentro de su panza. Esos inolvidables segundos en los que había una conexión visual que intimidaba.
Las miradas se sostenían hasta no poder más y ser como el choque de polos opuestos en un imán.
Como esa fuerza extraña que no te deja volver a juntarlos.
No iban a volver a observarse. La vergüenza se les dibujaba en la cara.
Su consuelo era el piso. Psicólogo de pensamientos sueltos, que aterrizaban en él y lo cargaban de miradas llenas de preguntas.
Llenas de todo.
El amor lo era todo.
Aunque, le repugnaba verlo.
Solo le gustaba sentirlo.
Las parejas eran un asco. Los besos también lo eran.
Los besos con lengua y saliva. Baba.
Pero debía acostumbrarse. Porque pronto conocería a una persona a la que le gustara sentirlo, hacerlo y verlo.
Los demás iban a ser espectadores de semejante espectáculo.
Dos personas dándose amor. En plena calle. Pleno centro. Sobre la vereda.
Sobre el semáforo, sobre la estatua y el obelisco.
Sobre todo.
Porque todo
era el
amor.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Lástima.
Los parques son para nosotros, como los zoológicos para los animales.
Son como un segmento de "naturaleza" insertada en unos buenos kilómetros de cemento a la redonda.
Son una especie de simulacro de lo que sería para nosotros un lugar bonito en el que anhelamos estar. Y todo es "maravilloso". Hasta que te das cuenta de que más allá hay edificios asomándose por entre los árboles, vigiládonos.
Hay casas, cada una con su problema.
Encuentro balcones con gente que sale a dar un respiro, mirando esta mentira desde lejos.
Hay autos, tensión sobre ruedas. Contracturas. Insultos.
Hasta puedo decir que veo al obelisco. Pequeño alfiler en medio de un hormiguero.
Y miro para abajo y el cuadrado mal cortado de pasto donde estoy parada, se distingue de los demás por una línea divisoria que continúa haciendo énfasis en
lo artificial.
Son como un segmento de "naturaleza" insertada en unos buenos kilómetros de cemento a la redonda.
Son una especie de simulacro de lo que sería para nosotros un lugar bonito en el que anhelamos estar. Y todo es "maravilloso". Hasta que te das cuenta de que más allá hay edificios asomándose por entre los árboles, vigiládonos.
Hay casas, cada una con su problema.
Encuentro balcones con gente que sale a dar un respiro, mirando esta mentira desde lejos.
Hay autos, tensión sobre ruedas. Contracturas. Insultos.
Hasta puedo decir que veo al obelisco. Pequeño alfiler en medio de un hormiguero.
Y miro para abajo y el cuadrado mal cortado de pasto donde estoy parada, se distingue de los demás por una línea divisoria que continúa haciendo énfasis en
lo artificial.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Callen a las llaves!
A decir por mi estado de lucidez en aquel momento, hubiese jurado verte haciendo la fila para conseguir las entradas más caras con tal de darte un verdadero festín con el espectáculo.
Situación más ridícula que la mía, en el intento de encontrar la famosa e imaginaria llave que correspondía para cerrar algo tan simbólico, algo tan intenso, tan agotador, como estos últimos años, no se asemejaba.
¿Por qué se me veía tan ridícula, agachada en el piso, tambaleándome sobre mis cuclillas, sacudiendo un manojo con quinientas llaves que se reían de mi?
Tal vez, porque solo yo escuchaba sus risas y solo yo creía que alguna iba a dar un cierre al fin.
Pero no.
Así que me la pasé toda la noche buscando esa puta llave hasta que recobré la poca lucidez que tanto te hacía reír.
A vos y a ese manojo.
Para ese entonces, mi espectáculo había terminado y el sonido ensordecedor de tus aplausos dio fin a la rutina.
Y
a
mi
show.
Situación más ridícula que la mía, en el intento de encontrar la famosa e imaginaria llave que correspondía para cerrar algo tan simbólico, algo tan intenso, tan agotador, como estos últimos años, no se asemejaba.
¿Por qué se me veía tan ridícula, agachada en el piso, tambaleándome sobre mis cuclillas, sacudiendo un manojo con quinientas llaves que se reían de mi?
Tal vez, porque solo yo escuchaba sus risas y solo yo creía que alguna iba a dar un cierre al fin.
Pero no.
Así que me la pasé toda la noche buscando esa puta llave hasta que recobré la poca lucidez que tanto te hacía reír.
A vos y a ese manojo.
Para ese entonces, mi espectáculo había terminado y el sonido ensordecedor de tus aplausos dio fin a la rutina.
Y
a
mi
show.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Una hormiguita.
Y qué me importa si me pisan si total soy una hormiguita.
A quién le interesa mirar más allá de las baldosas en busca de algún objeto "de valor" para decorar así su pelo con él, o mejor, regalárselo a quien use ese tipo de cositas innecesarias.
Fue una pregunta sin respuesta. Porque la respuesta la tengo yo.
Que miro desde abajo tan chiquitita los problemas de los demás.
Esquivo corriendo tan rápido como puedo las grandes pisadas que intentan aplastarme todo el tiempo.
Por eso camino por los bordes, grietas o simplemente contra la pared.
A veces las bicicletas con la ruedas ya desinfladas permiten que estas se amolden a las rayas que hay entre baldosa y baldosa, y, aunque nadie lo piense nos aplastan. Y así morimos.
En otros casos, pude correr y esconderme tras el capricho de un nene que me tomaba por el torso con una pinza y me hacía cosas extrañas con una lupa. Un rayo muy fuerte se reflejó sobre mi cara y la luz era tan intensa que perdí la vista de ambos ojos.
Dos de mis patas traseras las tiene una araña y algunas personas dicen que no tengo corazón. O sea, que las hormigas no tienen corazón. O sea, yo.
Pero acá estoy. Se que esta vez es mi final.Me encuentro escribiendo esto antes de tener otro accidente más. Que en realidad, ya lo tuve. Ingerí veneno para hormigas y solo me queda esperar un rato. O quizá un día. No lo se. Solo me di cuenta.
Y sí, las hormigas también escribimos. O por lo menos yo lo hago.
Solo puedo decir que siempre fui una hormiga, con o sin patas, con o sin vista, aunque siempre con un corazón.
Me puse melancólica.
Me duele la panza.
Creo
que es
el
fin.
A quién le interesa mirar más allá de las baldosas en busca de algún objeto "de valor" para decorar así su pelo con él, o mejor, regalárselo a quien use ese tipo de cositas innecesarias.
Fue una pregunta sin respuesta. Porque la respuesta la tengo yo.
Que miro desde abajo tan chiquitita los problemas de los demás.
Esquivo corriendo tan rápido como puedo las grandes pisadas que intentan aplastarme todo el tiempo.
Por eso camino por los bordes, grietas o simplemente contra la pared.
A veces las bicicletas con la ruedas ya desinfladas permiten que estas se amolden a las rayas que hay entre baldosa y baldosa, y, aunque nadie lo piense nos aplastan. Y así morimos.
En otros casos, pude correr y esconderme tras el capricho de un nene que me tomaba por el torso con una pinza y me hacía cosas extrañas con una lupa. Un rayo muy fuerte se reflejó sobre mi cara y la luz era tan intensa que perdí la vista de ambos ojos.
Dos de mis patas traseras las tiene una araña y algunas personas dicen que no tengo corazón. O sea, que las hormigas no tienen corazón. O sea, yo.
Pero acá estoy. Se que esta vez es mi final.Me encuentro escribiendo esto antes de tener otro accidente más. Que en realidad, ya lo tuve. Ingerí veneno para hormigas y solo me queda esperar un rato. O quizá un día. No lo se. Solo me di cuenta.
Y sí, las hormigas también escribimos. O por lo menos yo lo hago.
Solo puedo decir que siempre fui una hormiga, con o sin patas, con o sin vista, aunque siempre con un corazón.
Me puse melancólica.
Me duele la panza.
Creo
que es
el
fin.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Vomitar mis problemas.
Recuerdo la vez que vomité después de comer unos fideos con salsa.
Comencé por sentir malestar en la panza.
Al ratito fui al baño caminando tranquila, sintiendo como me daba vueltas la cabeza.
Me quedé de rodillas frente al inodoro y el sentido de mi vista y el de mi olfato buscaron el punto más desagradable para poder provocar el asco, y así llamar a vómito.
La conclusión fue que no resultó. Entonces tuve que acudir a mi cepillo de dientes. Era la primera vez que lo intentaba.
Así fue que me encontré de rodillas nuevamente, sujetando a mi víctima e introduciéndola en mi boca, para que luego terminara bañada en un vómito ácido. Lleno de problemas que se marchaban para volver al rato.
Ida y vuelta.
Mal de los males.
Ácido de los ácidos.
Mientras vomitaba, recreaba la situación pero con todas las cosas que me hacen mal.
Pienso que vomitar es algo horrible. No me gusta que mi cuerpo haga convulsiones discretas, y sentir cómo mi estómago se retuerce porque algo malo está pasando dentro suyo. Ni siquiera me gusta vomitar. A nadie le gusta.
Y a nadie le debe gustar estar viajando, con un cartel pegado en la frente que dice "`soy un problema y por eso intentan expulsarme" dentro de la panza de otra persona, acompañada de ácidos y comida escabullida de horas antes. Incluso minutos. Recién masticadas. Con saliva. De otra persona.
Me cansé de vomitar las cosas para volver a comerlas. Mi cuerpo no asimila entre lo que me hace bien y lo que no.
Será que estar arrodillada frente al inodoro me es más cómodo que estar en otra posición?
Comencé por sentir malestar en la panza.
Al ratito fui al baño caminando tranquila, sintiendo como me daba vueltas la cabeza.
Me quedé de rodillas frente al inodoro y el sentido de mi vista y el de mi olfato buscaron el punto más desagradable para poder provocar el asco, y así llamar a vómito.
La conclusión fue que no resultó. Entonces tuve que acudir a mi cepillo de dientes. Era la primera vez que lo intentaba.
Así fue que me encontré de rodillas nuevamente, sujetando a mi víctima e introduciéndola en mi boca, para que luego terminara bañada en un vómito ácido. Lleno de problemas que se marchaban para volver al rato.
Ida y vuelta.
Mal de los males.
Ácido de los ácidos.
Mientras vomitaba, recreaba la situación pero con todas las cosas que me hacen mal.
Pienso que vomitar es algo horrible. No me gusta que mi cuerpo haga convulsiones discretas, y sentir cómo mi estómago se retuerce porque algo malo está pasando dentro suyo. Ni siquiera me gusta vomitar. A nadie le gusta.
Y a nadie le debe gustar estar viajando, con un cartel pegado en la frente que dice "`soy un problema y por eso intentan expulsarme" dentro de la panza de otra persona, acompañada de ácidos y comida escabullida de horas antes. Incluso minutos. Recién masticadas. Con saliva. De otra persona.
Me cansé de vomitar las cosas para volver a comerlas. Mi cuerpo no asimila entre lo que me hace bien y lo que no.
Será que estar arrodillada frente al inodoro me es más cómodo que estar en otra posición?
sábado, 2 de noviembre de 2013
Difunto en el baño.
La única realidad era que ni siquiera ella se animaba a descubrir lo que pasaba dentro de aquel baño.
Solo sabía, por experiencia propia, que el agua la castigaba.
Así lo pensó hasta el día en el que descubrió que quien se responzabilizaba por dicho acto era su difunto abuelo.
Cada vez que ella hacía mal las cosas y luego entraba a bañarse, su abuelo giraba las canillas de las demás piletas tomando el control de la temperatura del agua.
Al principio, había baños que le hacían demorar más de lo normal.
Regulaba las canillas de a ratos, pegando saltitos al hacer contacto el agua caliente con su piel.
El vapor comenzaba a subir y dificultaba su visión.
- Vale, perdón!- gritó un día mientras terminaba de quitarse la espuma de su pelo.
Segundos antes se encontraba enjabonando parte de su panza y pelvis.
Sumergida más que en la espuma, en su cabeza diría yo. O creería ella.
Pensó la posibilidad de que todo fuera culpa de su abuelo.
- Ahora regalame un buen baño- volvió a gritar.
Entonces, luego de sus disculpas, el agua comenzó a amoldarse a sus caprichos.
La envolvió en un manto transparente perfecto. Sin altibajos.
Y así prosiguió para seguir enjabonándose.
Solo sabía, por experiencia propia, que el agua la castigaba.
Así lo pensó hasta el día en el que descubrió que quien se responzabilizaba por dicho acto era su difunto abuelo.
Cada vez que ella hacía mal las cosas y luego entraba a bañarse, su abuelo giraba las canillas de las demás piletas tomando el control de la temperatura del agua.
Al principio, había baños que le hacían demorar más de lo normal.
Regulaba las canillas de a ratos, pegando saltitos al hacer contacto el agua caliente con su piel.
El vapor comenzaba a subir y dificultaba su visión.
- Vale, perdón!- gritó un día mientras terminaba de quitarse la espuma de su pelo.
Segundos antes se encontraba enjabonando parte de su panza y pelvis.
Sumergida más que en la espuma, en su cabeza diría yo. O creería ella.
Pensó la posibilidad de que todo fuera culpa de su abuelo.
- Ahora regalame un buen baño- volvió a gritar.
Entonces, luego de sus disculpas, el agua comenzó a amoldarse a sus caprichos.
La envolvió en un manto transparente perfecto. Sin altibajos.
Y así prosiguió para seguir enjabonándose.
jueves, 31 de octubre de 2013
Mala digestión.
Repito una y otra vez la misma situación.
Como si se tratara del almuerzo o la cena que me obligan a comer y no quiero. Pero nadie se pregunta el por qué de mi negación a la hora de ingerir algún alimento.
Hasta la sopa tiene tu gusto. Sos cada burbuja que se aparece en la soda.
A veces observo como quedan colonias de burbujitas acumuladas en el fondo del vaso.
Entonces lo agarro y lo apoyo con fuerza sobre la mesa para que las intrusas suban a la superficie y se deshagan con la misma facilidad con la que se hicieron.
Así siento que te vas, entonces tomar no me hincha, ni me trae malestar. Así no vomito después de cada comida por culpa de esa sensación amarga que te gusta dejarme cada vez que te enfrias.
Quiero una digestión normal. Quiero que mi cuerpo te acepte. Que mis ácidos no intenten eliminarte bruscamente haciéndome daño a mi misma.
Podrás dejar de ser un malestar para mi cuerpo?
Porque
ya no quiero
vomitarte
más.
Como si se tratara del almuerzo o la cena que me obligan a comer y no quiero. Pero nadie se pregunta el por qué de mi negación a la hora de ingerir algún alimento.
Hasta la sopa tiene tu gusto. Sos cada burbuja que se aparece en la soda.
A veces observo como quedan colonias de burbujitas acumuladas en el fondo del vaso.
Entonces lo agarro y lo apoyo con fuerza sobre la mesa para que las intrusas suban a la superficie y se deshagan con la misma facilidad con la que se hicieron.
Así siento que te vas, entonces tomar no me hincha, ni me trae malestar. Así no vomito después de cada comida por culpa de esa sensación amarga que te gusta dejarme cada vez que te enfrias.
Quiero una digestión normal. Quiero que mi cuerpo te acepte. Que mis ácidos no intenten eliminarte bruscamente haciéndome daño a mi misma.
Podrás dejar de ser un malestar para mi cuerpo?
Porque
ya no quiero
vomitarte
más.
lunes, 28 de octubre de 2013
Una mezcla de desarreglos.
Tu orgullo llenó la habitación donde me encontraba tomando mate dulce y lo transformó en amargo.
Tuve que salir corriendo y gritando en busca de ayuda pero nadie me vio.
Entonces cubrí mi cabeza con ambas manos y comencé a balancearme de un lado al otro. De atrás hacia adelante.
Grité tres veces mi nombre y el de la persona que quería que se marchara.
Subí las escaleras 65 veces y las bajé 63 porque las dos que restaban me tiré por la baranda.
Al segundo intento de un desliz perfecto me caí de culo al piso, e intenté amortiguar la caída con mi brazo derecho.
Entonces sentí como uno de mis huesos se astillaba. Me había roto el brazo.
Y me dolía. Me dolía fuerte. Quería gritar y lo hice.
Pensé en guitarras o en flechas. Pensé en las ardillas y en los vidrios.
En las montañas de arena y los festivales.
En esas plantas que se encuentran abajo del mar, que cuando las tocas se cierran.
Pero nada me ayudó. Mis recursos se habían terminado.
Una galaxia se posó en mi panorama derecho y dejó que la descubriera. La miré de reojo y luego, entré.
Tuve que salir corriendo y gritando en busca de ayuda pero nadie me vio.
Entonces cubrí mi cabeza con ambas manos y comencé a balancearme de un lado al otro. De atrás hacia adelante.
Grité tres veces mi nombre y el de la persona que quería que se marchara.
Subí las escaleras 65 veces y las bajé 63 porque las dos que restaban me tiré por la baranda.
Al segundo intento de un desliz perfecto me caí de culo al piso, e intenté amortiguar la caída con mi brazo derecho.
Entonces sentí como uno de mis huesos se astillaba. Me había roto el brazo.
Y me dolía. Me dolía fuerte. Quería gritar y lo hice.
Pensé en guitarras o en flechas. Pensé en las ardillas y en los vidrios.
En las montañas de arena y los festivales.
En esas plantas que se encuentran abajo del mar, que cuando las tocas se cierran.
Pero nada me ayudó. Mis recursos se habían terminado.
Una galaxia se posó en mi panorama derecho y dejó que la descubriera. La miré de reojo y luego, entré.
jueves, 24 de octubre de 2013
Mar Abierto.
Y siempre termino desembocando en tu cuerpo.
Un mar abierto.
Estoy sobre una tabla de madera, sin seguros ni paredes. Sin agarres ni remos.
Las brújulas no existen.
Estoy a la deriva, naufragando a la espera de que otra ola embista contra mi. Que el agua me arrastre o me hunda hacia abajo, y en un intento por buscar un poco de oxígeno, tus mentiras como plantas se enreden en mis tobillos y guarde mi cuerpo en lo más oscuro de tu interior.
Los peces aparecen, te recorren y suplican. Todos quieren ser protagonistas de semejante mar venenoso.
Tus aguas enamoran. Tu temperatura tranquiliza. Tu superficie engaña. Tu profundidad atrapa.
Los cuerpos flotan, festejando mi llegada.
Una compañía más. Una pizca de azúcar para este mar tan salado. O tan amargo.
Pero ya no pueden advertirme. Sus almas permanecen en el fondo de una fosa. Son tu almuerzo y tu cena. Tu desayuno y tu merienda.
Tu ego y el producto de la intensidad que provocas antes de ahogar, y atrapar.
Bienvenida sea mi inconsciencia e inocencia.
Un mar abierto.
Estoy sobre una tabla de madera, sin seguros ni paredes. Sin agarres ni remos.
Las brújulas no existen.
Estoy a la deriva, naufragando a la espera de que otra ola embista contra mi. Que el agua me arrastre o me hunda hacia abajo, y en un intento por buscar un poco de oxígeno, tus mentiras como plantas se enreden en mis tobillos y guarde mi cuerpo en lo más oscuro de tu interior.
Los peces aparecen, te recorren y suplican. Todos quieren ser protagonistas de semejante mar venenoso.
Tus aguas enamoran. Tu temperatura tranquiliza. Tu superficie engaña. Tu profundidad atrapa.
Los cuerpos flotan, festejando mi llegada.
Una compañía más. Una pizca de azúcar para este mar tan salado. O tan amargo.
Pero ya no pueden advertirme. Sus almas permanecen en el fondo de una fosa. Son tu almuerzo y tu cena. Tu desayuno y tu merienda.
Tu ego y el producto de la intensidad que provocas antes de ahogar, y atrapar.
Bienvenida sea mi inconsciencia e inocencia.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Fiebre en la boca.
Aquella mañana amaneció antes que yo. Pude sentirlo en el intento de escapar del sopor de un sueño absurdo.
Se encontraba con el cuerpo incorporado mirando hacia la puerta del placard.
Al cabo de cinco largos minutos me dedicó una mirada posando sus ojos sobre mis muñecas descubiertas.
Como si se tratara de una búsqueda del tesoro - aunque en este caso más que un tesoro, era una desagradable sorpresa-, acercó su cara para observar detalladamente
las caras internas y externas de mis muñecas y ante brazos.
Fingiendo seguir en las profundidades de mi sueño, me di media vuelta pero continué alerta por si a caso.
Extendió su mano derecha sobre las sábanas que me cubrían y me destapó.
Ahora no solo podía observar mis brazos, sino que también podría detenerse en mis piernas o incluso en mis tobillos.
¿ En qué iba a cambiar si encontraba algo o no?
Y, ¿por qué querría encontrarlo?
Crucé mis piernas intentando cubrírmelas - por lo menos la derecha-
Qué inocente fué, que solo se conformó con mis brazos.
Qué decepcionante, creía conocerme pero sus convicciones estaban totalmente erradas- para su mala suerte-.
Creo que el filo de los objetos me conocían más a fondo que su cuerpo y mente. incluso más que sus sentidos.
Pero mis extremidades no bastaron con su estúpido papel de Sherlock Holmes - porque eso aparentaba ser, y mi mal humor aumentaba en base a su mediocre pero satisfactoria búsqueda-.
Entonces se levantó de la cama y se dirigió a mi mesita de luz.
Observó allí un frasco con pastillas de las cuales apenas recordaba su nombre y el efecto.
Me sorprendí al sentir como tomaba el frasco y, mientras lo destapaba, aspiraba su embriagador aroma dulce, pero peligroso.
Aligeró el paso hacia su mesita de luz, y vertió el contenido sobre ella.
Contó las pastillas - creyendo que con eso tendría la situación controlada- y las devolvió a su lugar.
Nunca tuve la necesidad de ser precavida con esas cosas.
Por eso había otro frasco dentro del cajón, del cual abusaba brutalmente cada vez con más frecuencia.
Pero nadie, incluso la persona que creía conocerme y cuidarme, se había dado cuenta.
Solo mi cuerpo y yo eramos testigos y víctimas - a veces conscientes- de mis demencias e inseguridades mal controladas.
Se encontraba con el cuerpo incorporado mirando hacia la puerta del placard.
Al cabo de cinco largos minutos me dedicó una mirada posando sus ojos sobre mis muñecas descubiertas.
Como si se tratara de una búsqueda del tesoro - aunque en este caso más que un tesoro, era una desagradable sorpresa-, acercó su cara para observar detalladamente
las caras internas y externas de mis muñecas y ante brazos.
Fingiendo seguir en las profundidades de mi sueño, me di media vuelta pero continué alerta por si a caso.
Extendió su mano derecha sobre las sábanas que me cubrían y me destapó.
Ahora no solo podía observar mis brazos, sino que también podría detenerse en mis piernas o incluso en mis tobillos.
¿ En qué iba a cambiar si encontraba algo o no?
Y, ¿por qué querría encontrarlo?
Crucé mis piernas intentando cubrírmelas - por lo menos la derecha-
Qué inocente fué, que solo se conformó con mis brazos.
Qué decepcionante, creía conocerme pero sus convicciones estaban totalmente erradas- para su mala suerte-.
Creo que el filo de los objetos me conocían más a fondo que su cuerpo y mente. incluso más que sus sentidos.
Pero mis extremidades no bastaron con su estúpido papel de Sherlock Holmes - porque eso aparentaba ser, y mi mal humor aumentaba en base a su mediocre pero satisfactoria búsqueda-.
Entonces se levantó de la cama y se dirigió a mi mesita de luz.
Observó allí un frasco con pastillas de las cuales apenas recordaba su nombre y el efecto.
Me sorprendí al sentir como tomaba el frasco y, mientras lo destapaba, aspiraba su embriagador aroma dulce, pero peligroso.
Aligeró el paso hacia su mesita de luz, y vertió el contenido sobre ella.
Contó las pastillas - creyendo que con eso tendría la situación controlada- y las devolvió a su lugar.
Nunca tuve la necesidad de ser precavida con esas cosas.
Por eso había otro frasco dentro del cajón, del cual abusaba brutalmente cada vez con más frecuencia.
Pero nadie, incluso la persona que creía conocerme y cuidarme, se había dado cuenta.
Solo mi cuerpo y yo eramos testigos y víctimas - a veces conscientes- de mis demencias e inseguridades mal controladas.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Dejame dormir.
Solo quiero una noche en paz.
Siempre fui de soñar lo último que rondaba por mi cabeza antes de irme a dormir.
Siempre mis problemas deciden salir a pasear de noche y entrar a mis sueños como si se tratara de un bar.
Un bar en el que no son bienvenidos e intentan ser despedidos manifestando así sus disputas sobre mi cuerpo.
Y en medio de la noche me rindo y me despierto.
Brotan lágrimas de mis ojos y no comprendo qué pasa hasta que me veo sentada en medio de la oscuridad y se de que se trata.
La situación se repite como si fuera rutina.
¿Puedo tener un sueño tranquilo después de que, como todas las noches, te aparezcas en mi cabeza?
Siempre fui de soñar lo último que rondaba por mi cabeza antes de irme a dormir.
Siempre mis problemas deciden salir a pasear de noche y entrar a mis sueños como si se tratara de un bar.
Un bar en el que no son bienvenidos e intentan ser despedidos manifestando así sus disputas sobre mi cuerpo.
Y en medio de la noche me rindo y me despierto.
Brotan lágrimas de mis ojos y no comprendo qué pasa hasta que me veo sentada en medio de la oscuridad y se de que se trata.
La situación se repite como si fuera rutina.
¿Puedo tener un sueño tranquilo después de que, como todas las noches, te aparezcas en mi cabeza?
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